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Los haces de luz entre los ficus centenarios en la glorieta de San Francisco, en esas mañanas en que la luz del sol tiene el cuerpo de la bruma. El sonido de su voz al otro lado del teléfono cuando te llama: “Hola, ¿qué tal?”. El periódico antiguo de papel crujiente en una cafetería, su olor a tinta a primera hora de la mañana, donde los haya y cuando se podía. Casi nunca su contenido y el que menos, el de la maldita pandemia que me aleja de ella. El contacto con su piel. El caldero que humea desde la cocina. Otras cosas que echo de menos. Como poder plantar en el huerto de mi amigo Vicente con mis propias manos y recoger luego la pequeña cosecha para casa en eso que llamamos “Ocio Huerto” o huertting, ahora imposible. Las gotas de rocío en las plantas.

 

Quedarse embobado mirando la casa Maestre. La risa de los niños jugando tranquilos en su habitación. La placidez de los domingos por la mañana en la ciudad. Un automóvil que se para en el paso de cebra. La familia que ha comprado unos pasteles y uno de ellos los lleva colgando del hilo con que le han atado el paquetillo. Un beso. Un poema tierno. Una camisa limpia. El olor de las hierbas aromáticas y especias de donde los Boj.

 

El chapoteo de la mar y el sonido que hace al arrastrar los guijarros de la orilla una ola, ese que es como el de hacer callar (shisss) en vaivenes. Nadar en ella hasta fundirse con el agua y tú no seas más que ésta y el borboteo de tu propia respiración. Sus ojos. El olor salobre. El salitre en la piel achicharrada de los primeros días de veraneo cuando eras niño. La arena entre los dedos. Una vela latina en el horizonte. Un cielo donde hacer carambolas con las estrellas para buscar las constelaciones. La luz del faro de Cabo Palos batiendo ese cielo estrellado como de signos algebraicos. El sonido de una guitarra en esa noche, recuerdo de la muchacha que la tañía con la que tuviste el primer temblor de la carne. El puerto de los pescadores de Santa Lucía y comer unas sardinas o un caldero en su restaurante.

 

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Una hoja de papel en blanco, el día que se tiene la cabeza llena de ideas. Una buena noticia. El olor del café molido por la calle Santa Florentina. Una buena película para aliviar la bajada del domingo por la tarde. La vista del mar desde la Muralla. Una carta por e-mail de un amigo lejano. Tú diciéndome que me acerque a ti. Un buen libro. Un abrazo. El olor de tu ausencia. El recuerdo de ti. Las fuentes de la ciudad cuando están funcionando y cuyo sonido te relaja al cerrar los ojos. La mañana fresca en el verano; la noche tibia en el invierno.

 

Éste es el inventario de algunas cosas en las que todavía se puede creer.  Y de algunas de las cuales nos está privando este malnacido COVID-19 desde hace mucho, mucho tiempo.

Aniceto Valverde
Colaborador
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