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A DOS METROS DE TI


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El móvil roto

Fue mi tío Pepe Manresa el que me enseñó el truquito. Mi pariente era tan buen abogado (mal lo estaría pasando ahora de ver el desamparo de sus compañeros) como mal jugador de ajedrez y, lo que es peor, de póker, juego al que le tenía grande afición, pero de la misma manera que ganaba siempre todos los pleitos, perdía la ganancia en el peligroso y adictivo juego de los naipes.

“Mira -me decía todo prosopopéyico él-, el remedio es infalible. Cuando te llamen alguno de los pesados esos de las compañías que te van a ofrecer el oro y el moro y te digan que la conversación va a ser grabada por motivos de calidad, diles primero que eso no es cierto. Que, en todo caso, será por motivos de seguridad; es decir, para tener constancia fidedigna de aquello a lo que te comprometes.

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Diles, entonces, que tú también vas a grabar la llamada porque -y se ponía más prosopopéyico aún con su discípulo o pasante– los contratos se firman por duplicado y a un solo efecto; o sea que tú o el cliente tiene derecho a tener su copia de aquello a lo que se obliga. Chico, es infalible: si te dicen que no es que no son serios y si no muestran inconveniente te dejarán grabar…

“Pero caso distinto es el de aquella grabación que contiene datos relevantes para una investigación sumarial. Ahí tienes los casos de los testaferros de los políticos corruptos… En esto la Jurisprudencia es más laxa, menos rigurosa, en definitiva, se puede obtener información de algo o alguien sin que éste se entere. ¿Queda claro?”.

Vino a mi la suerte de tocarme ser el presidente de mi comunidad de propietarios cuando ésta tenía que acometer una obra de cierta envergadura. Y aun cuando ya había dejado el ejercicio de la profesión, me acordé del consejo de mi tío Pepe. De esta manera instalé en mi móvil una app que grababa las llamadas tanto entrantes como salientes.

Así podía tener la prueba de los compromisos del contratista y de los requerimientos de pago de la derrama o cuota extraordinaria que debíamos pagar los convecinos (“aquí no hay quien viva”) por si fuera el caso de que alguno se saliera de madre. Pero, claro, la aplicación -cuyo nombre no diré porque no contrata publicidad en este medio- no distinguía esas llamadas de las personales, de manera que en mi móvil había un follón de conversaciones que, peor que mejor, pude clasificar y volcar en el ordenador las que me interesaban. Y creí haber borrado las de mi mujer pidiéndome que comprara unos ajos para los boquerones en vinagre y otras más íntimas (ejem, ejem).

Pero el teléfono vino a decir ya basta y tuve que comprarme otro. Nada del otro mundo -yo no soy muy exigente con esos teléfonos, a diferencia de con otras cosas-, o sea que compré uno que era como el roto pero actualizado y con más capacidad.

Dediqué la noche entera a ponerlo en funcionamiento o lo que se dice configurarlo, pues temía perder alguna llamada importante o mensaje si lo hacía de día, así como por mi torpeza tecnológica. Me dieron las tres de la madrugada con el chisme restaurando una copia de seguridad almacenada en el roto.

Que si inicia sesión en tu cuenta, que si has olvidado la contraseña…en fin, cosas todas ellas que me ponen de los nervios. Lógicamente en tal estado no podía dormir aunque me caía de cansancio. Decidí escuchar algo de música del dispositivo y me calcé los auriculares bluetooth (ignoro absolutamente por qué le llaman así cuando el vocablo significa en inglés diente azul). Pero escuché un tono de llamada y luego la voz de mi abuelo preguntándome cómo estaba.

Mi sorpresa fue mayúscula puesto que mi querido abuelo había muerto meses antes por la COVID-19 contagiada en la residencia en la que estaba. El teléfono roto aún almacenaba las grabaciones de las llamadas personales o eso me pareció en la duermevela. Desperté sobresaltado porque yo también estaba muerto. Todo lo que os he contado antes son recuerdos de mi vida ya pasada. No hacía falta que nos telefoneáramos ni que guardáramos ya distancia de seguridad alguna.

Aniceto Valverde
Colaborador
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