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La peste negra de la COVID-19 que se marcha aun dejando su estela de muerte y de dolor. La soledad que se esfuma y me deja acercarme a ti y acariciar tu pelo y todo tu cuerpo de ninfa, que hasta ese instante venidero parecía de escultura inalcanzable, inasible, a veces incomprensible. Por eso se acabará cuando sea el momento de su extinción esta serie de relatos a medio camino entre la realidad y la ficción. Los que dormimos sin sueños, vivimos soñando mundos.  Y dijo el hada Campanita: “Peter, te esperaré por siempre en ese instante entre el sueño y la vigilia.” Sí, se acabará el encierro, como acaba el sometimiento de los pueblos a la tiranía de un virus aun cuando deje sus indelebles secuelas. Terminará esta serie “A dos metros de ti”. Aunque siempre me asaltó la duda, como tantas incertidumbres, sobre si, antes de ese momento final, eran dos o metro y medio lo que nos separaba. Pero escogí la distancia más larga como hipérbole de la soledad, de un mundo encerrado y solitario. No obstante, algo aprendimos. Y creo debemos pedir al venidero año que conserve. Estuvimos más cerca de nosotros mismos y no en el egoísmo -qué va-, sino en la meditación sobre el sentido de la existencia que el Creador quiso para nosotros. A veces alegría, a veces tristeza. Como la doble máscara, las carátulas del teatro: una ríe, otra llora. Ciudad ya tan lejana, lejana junto al mar. A veces ola, otras silencio, como decía Jaime Gil de Biedma. Tendré este Año Nuevo que encontrar el libro. O seguramente lo presté -como tantos- a algún amor seguramente fraternal y nunca me fue devuelto. Porque de esa soledad nos habremos dado cuenta de que la poesía volverá a ser “un arma cargada de futuro”, como decía Gabriel Celaya.


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Hace ya tiempo, incluso mucho tiempo antes de la pandemia, no se podía decir o expresar el placer de tomar un café en el bar de tu barrio junto al olor a tinta del periódico, aunque podrás leerlo en el móvil y la plaga dejará de acaparar las noticias. Y sí, disfrutaremos más de ese café que a veces, interrumpidamente, con cuyo aroma hemos podido disfrutar en libertad, pues todo volverá a ser ella misma. Como tú mujer lejana que ahora vuelves a mí y en mis brazos te vuelvo a llevar. Como las familias y los amigos que se volverán a reencontrar. Como los hijos forzosamente pródigos. Aunque tardemos aún un ratico en hacerlo a cara descubierta porque nos quedará el miedo a que la peste vuelva o se reconvierta. Una lección de debilidad hemos aprendido. Como lo débil que me siento yo ante ti o aunque fuera tu imagen reflejada en el espejo. No cabe la soberbia. Volvamos al amor.

Y volverán también los veleros y pesqueras a surcar un Mar Menor al que tendremos de corazón más amor y así trataremos. La ciudad volverá a llenarse con el bullicio de las gentes. Deseo que podamos gastar el dinero pues nos habremos dado cuenta de que, como se dice, lo primero es la salud, aunque tengamos que acostumbrarnos a vivir en deuda, pues la primera es la que se contrae con el prójimo al que amaremos libre ya de la peste que nos ha sumido en el dolor. Y en la ausencia. Podremos despedir dignamente a nuestros seres queridos que se han marchado o se marcharán, pero cumpliendo la ley de la vida y no de la tiranía.

Volveremos a leer los clásicos porque ellos también habrán cambiado, aprendiendo cosas de la pandemia como nosotros, y ambas partes seremos distintos, nuevos a nuestros ojos. Y volveremos a querernos mutuamente. No se puede vivir sin la palabra. Pero habremos aprendido a que ésta tiene su sentido en el amor y jamás en el odio ni al propio ni al ajeno, ni al que está cerca ni a aquél del que nos separa el mar, el océano de la cultura o de los rasgos. Eso creo y deseo. No, estoy seguro. Pues mientras haya una pareja como la de la foto que ilustra estas torpes palabras amándose en el cantil del Faro de Navidad, yo al menos, tendré esperanza en un futuro mejor o como era antes del paso de esta maldición. Como en el mundo de ayer.

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Éste es el inventario de mi fe y mis deseos para dos mil veintiuno.

 

Aniceto Valverde

Aniceto Valverde
Colaborador
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