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OLIVOS

 

Ella fue a Madrid a hacer la primera prueba de sus oposiciones poco antes del primer confinamiento por la pandemia de la COVID-19. No había tenido mucho tiempo para prepararlas tras el fin del Máster. Pero lo iba a intentar. Se daba la circunstancia de que un pariente suyo, un primo en concreto, trabajaba allí y vivía -no se podía permitir otra cosa- en un piso compartido con algunos compañeros e incluso estudiantes. Era una buena opción para permanecer durante los días de la oposición. La prueba no llegó a celebrarse por cuestión de la crisis sanitaria que tanto dolor y daño económico lleva ya causados. Entre esos compañeros de piso estaba él. La estancia de la chica en Madrid se prolongó un tiempo más, todo lo que pudo antes de que fuera inminente la declaración del Estado de Alarma.

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Aceituneros de Jaén

Ella era una muchacha de ciudad, pongamos que hablo de Cartagena. Llevaba unos tatuajes y también algún que otro de los que llaman piercing. Se podría decir que, aun siendo muy atractiva, daba un aspecto suburbano. Él, por el contrario, era un chico tímido que emanaba el olor de la caricia como la leña en el hogar.

 

Aceituneros altivos

 

Ambos habían tenido, se puede decir, buena suerte en la vida. Tras diversos empleos, él trabajaba como informático. Ella incluso había sido cajera de un supermercado de un complejo para guiris, pero no de los borrachuzos al uso del turismo mediocre y aun algo salvaje, sino de los que tienen dinero y buenos modales. Y empleada de otros trabajos. Después recibió un dinero en herencia y esto le hizo plantearse preparar esas oposiciones (el Máster lo había sacado trabajando) subsistiendo -tampoco le daba para mucho- con ese colchón económico. Hay que invertir en la vida, se dijo. Él era de un pueblecito de Jaén.

 

Decidme en el alma quién

Y surgió el amor entre la chica de barrio de ciudad y el empleado informático, que no dejaba de ser eso: una actualización a estos tiempos de lo que en otros hubiera sido un oficinista. A ella los tatuajes no le impedían amar a un chico de pueblo, ni siquiera aunque ese lugar estuviera en la provincia de Jaén. Ni a él su condición de hombre de pueblo le impedía o tenía prejuicio alguno sobre ello: le sobraba cariño; le bastó desde el primer momento para enamorarse. A ella le encantaba su ternura al sentir sus caricias, un afecto de hombre sencillo que ella nunca había tenido antes, sino todo lo contrario en la dureza del barrio del que, sin duda, iba a escapar. Aun así tuvo que volver dado el confinamiento del país. Y separarse de él una temporada hasta que la cosas parecieron mejorar y volvió a Madrid donde había permanecido él…

 

Quién levantó los olivos

Pero la mala suerte vino a cebarse de nuevo con el amor. Se iba a decretar el llamado cierre perimetral de las comunidades autónomas de este país tras el primer confinamiento. Y el padre de él se puso algo enfermo, y era viudo. Al muchacho la empresa para la que trabajaba le permitía lo que luego se generalizó: el teletrabajo. De manera que tenía que volver al pueblo al tiempo que ella también debía, y le convenía, abandonar Madrid y volver a su ciudad. El dinero no daba para mucho más, algo debía quedarle para sobrevivir donde quiera que el destino la llevase. Y también estaba su familia en su ciudad, de donde no podría salir.

La distancia se les volvió insoportable, hartos incluso de las telellamadas o vídeoconferencias. Idearon un plan para estar de nuevo el uno al lado del otro. La familia de él tenía una pequeña explotación de olivos (olivas, se dice en jienense). La harían un certificado como de que la chica iba a trabajar en la campaña de la recogida de la cosecha.

Iba en su coche camino de él cuando la paró la Guardia Civil.

“Pase Ud. señorita que tiene un tipo y unas manos de aceitunera que no hay rediós que se los quite. Pase Ud. que algo muy importante debe esperarle en su destino”, dijo el Agente que mandaba.

 

Andaluces de Jaén

 

Aniceto Valverde

Versos: Miguel Hernández

(N. del A: Cursé toda la entonces llamada Educación General Básica -E.G.B.- en el Colegio de los Hermanos Maristas de Jaén, lo que dejó una enorme huella en mi corazón, tanto de la tierra como de la formación recibida).

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