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A DOS METROS DE TI

Salvoconducto

 

Hoy día todo se hace por Internet. Pero no sólo porque resulte en cierto modo más higiénico por todo eso de la COVID-19, sino porque como comentaban don Sebastián y don Hilarión en la famosa zarzuela “La verbena de la paloma” «las ciencias adelantan que es una barbaridad», que parece que ése es el origen de la expresión.

Acababa de divorciarme y no me comía una rosca. Un compañero de trabajo me habló de ellos y de lo fácil que resulta usarlos y ligar con total seguridad. Yo no tenía ni tengo ni puñetera idea de estas cosas tecnológicas. Pero sí que de hecho me consta que lo de pillar pareja ya no se hace en los bares ni cenando en algún sitio romántico, ni en el trabajo ni nada de eso: hasta los jóvenes buscan a su media naranja a través de ellos. Se trata de ciertos portales de Internet donde sin duda alguien en mi situación podría encontrar cuando menos persona con quien chatear, o sea conversar a través del ordenador o el móvil (qué desfasado que estoy que tengo que explicarlo cuando cualquiera sabe actualmente lo que es chatear). Eso era seguro porque esa conversación puede discurrir por los más variopintos vericuetos todos ellos calientes. No sólo en su posible aspecto sexual, sino también en el amor más puro, en ambos casos llegue a materializarse o no fuera de la realidad virtual.

Mi caso, después de mucho intentarlo y de, dada mi torpeza, meterme en páginas donde luego no te puedes salir y tienen contenidos dudosos, fue el último, o sea que encontré a Tita, una mujer excepcional con la que se podía hablar de forma natural. Era tal cual aparecía en la foto de su perfil, de su ficha en el chat, así como en otras que me fue enviando como una donde aparecía preciosa paseando a su perro. Estoy seguro porque nunca llegué a verla. Y no por falta de ganas.

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Después de varios meses de hablar todas las noches y de ese intercambio fotográfico surgió el amor. Nos enamoramos, al menos yo me enamoré de Tita perdidamente. No deseaba otra cosa más que encontrarme con ella. Pero, según me tenía dicho, vivía en un pueblecito andaluz de la provincia de Almería, cuyo nombre omitiré igual que estoy siempre utilizando su alias o apodo en la Red para guardar su intimidad y de paso la mía, pues yo era Nemo que significa «nadie» en latín, como sabe todo el que haya leído “Veinte mil leguas de viaje submarino” (dejaremos para otro momento el significado y connotaciones del nombre «Nautilus».)

 

Por fin concertamos la cita. Conversamos muy extensamente sobre cómo, dónde habríamos de vernos, que sería en su pueblo, e intercambiamos nuestros nombres verdaderos (y DNIs). Y, no podía faltar al objeto al que iba destinada la conversación, nuestra confesión de un amor que nos convertía -así lo creíamos- en pareja de hecho. Se acercaba la Navidad y con ella los crecientes deseos de vernos.

Imprimí el texto de la charla que, ingenuamente, creí que me serviría de salvoconducto.

Cuando llegué a la frontera camino del pueblo de mi cibernáutica amante (yo seguía sus indicaciones de localización pues no sé ni usar el GPS), se lo enseñé al Agente de la Autoridad que me dio el alto dadas las circunstancias de aislamiento o cierre perimetral derivadas de la pandemia.

Se descojonó de la risa. “Vuélvase a casa -me dijo- que le hago un favor impidiendo que se meta en líos. Que no tiene ni idea de geografía: ese pueblo no existe, hombre.”  Según el Guardia Civil si seguía esas indicaciones me metería en un poblado peligroso. Y yo me debí quedar con una cara de idiota de no te menees. Tita se esfumó como la musa que se le debió ir un día como este al poeta.

 

Aniceto Valverde

 

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