Qué más os voy a contar sobre este castizo y entrañable barrio de Cartagena que no sepáis ya, sino que mis raíces más profundas se asientan en él.


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Hubo una vez un sargento de la Guardia Civil que prestaba servicio en la Prisión que se asienta aún en el Barrio. Era un guardia civil recorvertido desde que desapareciera el cuerpo de Carabineros tras la Guerra Incivil. Era un guardia peculiar pues no había pegado un tiro en su vida, era amante de los temas de medicina y escribía poemas.

En aquel entonces la cárcel era edificio aislado y con vida y no presentaba el aspecto que aparenta hoy día. Dicen que incluso El Lute estuvo allí recluido… Y suerte que aún se conserva.

Había también un muchacho que, por encargo de su madre, le llevaba la tartera con la comida los días que tenía guardia. Aunque pronto o ya en aquel momento -no me hagáis mucho caso en esto- estudiaba en la Escuela de Aprendices de la Bazán. Ella, como tantas muchachas, iban a verlos hacer gimnasia en el campo de Los Juncos.

Esto era una de esas muchachas, estudiaba Magisterio en el Colegio de San Miguel. Vivía enfrente de la cárcel. Su padre se dedicaba a la compra-venta de ganados. Y en la casa, de una sola planta, mi abuela tenía gallinas y conejos y había un patio y un altillo donde la muchacha guardaba una auténtica colección de pasquines de películas. De siempre le gustó el cine, aunque hoy día no pueda acordarse de lo que acaba de decir u oír.

Mi padre me contaba la algarabía que formaban los jóvenes muchachos en el tranvía de las 10, último que había entre San Antón y Cartagena, los muchachos que tenían novia en el barrio.

Ambos jóvenes no podían evitar encontrarse. Y surgió el amor y se casaron. En una casa del barrio de San Antón nací yo. Hijo de un hombre del castizo Centro de Cartagena, nacido en la antigua calle del Ángel (junto a El Lago, hoy bulevar universitario) y de una mujer de su Campo, pues era oriunda de Las Lomas del Albujón.

Pero seré breve porque no cuento todo esto porque mi vida sea importante o le interese a alguien, sino porque es una pena que este año tampoco -como otras celebraciones- haya fiestas de San Antón, mi barrio tan deteriorado por otra parte, el bautizo de los animales vaya a ser peculiar, si lo es, y, sobre todo, porque un año más -y van unos cuantos- mi madre no comprará los rollicos bendecidos de los que hay que comer uno y dejar el resto en la despensa para que no falte el pan en la casa. Pero seré yo el que los compre y le daré uno, cuando estas malditas circunstancias lo permitan, como hizo ella toda la vida con nosotros. No sabrá lo que hago, pero estoy seguro de que me mirará con ternura y yo lloraré sobre su olvido.

Aniceto Valverde Conesa

Aniceto Valverde
Colaborador
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