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A DOS METROS DE TI


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SIN TI

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Todas las mañanas cuando voy camino del trabajo veo una pintada en la que su autor escribió: “Soke sin ti mi vida no vale nada”.  Es como un mensaje que fuera expresamente dirigido a mí. Sin ti mi vida no tiene sentido. Quizás como un barco varado en la orilla de la mar. “Oh, abandonado, todo en ti fue naufragio.”  Y de él o desde que aquél se produjo no soy más que un bien mostrenco que, como sabías porque yo te lo había dicho muchas veces, es jurídicamente el que arroja la mar después de un naufragio y no vale nada y, en su caso, es del primero que se hace con él. Pero tiene ese sentido negativo o peyorativo: aquello que no sirve para nada. Y yo, desde que te fuiste, me siento así. Algo inútil. Te perdí a ti por causa de la peste negra que en 2020 nos ha tocado vivir, y ahora estás a muchos más de dos metros de mí. También me quedé sin el empleo que tenía y tuve que aceptar éste, el que tengo ahora mismo y camino del cual veo la pintada con cuyo autor comparto el sentimiento de ausencia. Sin ti mi vida no vale nada. “Oh, abandonado, todo en ti fue naufragio.” Aunque tengo algunos conocimientos de informática, más que suficientes para el trabajo que tenía antes, en el actual se quedan muy cortos. Los jovencitos se ríen de mis meteduras de pata cuando no me ponen zancadillas para que las cometa y hacerme quedar pésimamente con los jefes, quienes así se sienten justificados para pagarme la miseria de salario que me dan. Claro ellos nacieron con la consola debajo del brazo, se han dedicado toda su, en realidad, corta experiencia laboral a ello y nunca se ponen en mi lugar de viejo desfasado, ni podrían. Pero ¿adónde voy yo a mi edad? Tengo 57 años y no me cogerían ni para recoger las lechugas de nuestro campo que, además, para eso están los nigerianos que esperan a las 6 a.m. precisamente en el banco de piedra que hay debajo de la pintada a que llegue el capataz y escoja quién ganará su jornal hoy y quién se quedará con el culo sentado en la fría piedra. Casi diría que el mundo no tiene sentido para mí y ya absolutamente ninguno desde que tú no estás a mi lado. “Oh, abandonado, todo en ti fue naufragio.”

 

Cuando vuelvo a casa del trabajo, de ese infamante trabajo, no veo la pintada que expresa mi sentimiento en tu ausencia porque el muro me pilla de espaldas. Pero no me hace falta: sé que la leyenda se encuentra ahí y que, como está fuera de los límites del centro de la ciudad, nadie borrará, como es indeleble tu huella en mí. Sin ti mi vida no tiene sentido. Deambulo entonces por las calles como si fuera el personaje del abogado Andy Beckett, cuando descubre que tiene otra peste: la del SIDA, genialmente interpretado por Tom Hanks, de la película “Las calles de Philadelphia” till I felt my legs like a stone (hasta que sentí mis piernas como piedras) como dice la letra de esa enorme canción de Bruce Springsteen que se titula como la película y que mereció un Óscar. Así vago yo por las calles de Cartagena que no es Philadelphia, pero no hace falta para sentirse así: “Oh, abandonado todo en ti fue naufragio.”

Hasta que llego hoy al puerto y me tiro al agua sin saber nadar. Un mostrenco que salió de la mar en tu ausencia debe volver a su seno. “Oh, abandonado todo en ti fue naufragio.”

 

Aniceto Valverde Conesa

(La expresión entrecomillada “Oh, abandonado…” es un extracto sincopado de la «Canción desesperada» de Pablo Neruda.)

Aniceto Valverde
Colaborador
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