Hospital Santa Lucía, Cartagena
Hospital Santa Lucía, Cartagena
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

«Dra. estoy enamorado de Ud. Lo supe desde la primera vez que la vi. Ingresaron a mi tío en el Hospital y Ud. vino a verle. Apoyó su espalda contra la pared del ventanal que da a la calle. Ud., menuda y seria con su pelo rizado recogido como en una coleta, con las palmas de las manos pegadas al lado de sus caderas, pero no en jarras lo que hubiera hecho parecer chulería lo que era ni más ni menos que la paz que Ud. infunde. Y yo adoro a las personas que aman su profesión como Ud. me ha demostrado, y mi tío lo hizo con la suya de la que decía que era su amante (él era un escritor de verdad) y yo mismo durante ese tiempo pasado en que la ejercí de forma genuina, sin desmerecer a nadie. Fue un amor a primera vista que yo creí ver correspondido en alguna medida (o me hice la ilusión de tal cosa) cuando, en otra de sus visitas al único pariente que me queda en la vida, le habló Ud. claro y le consoló con tanta humanidad que yo no pude dejar de estrechar entre mis dos manos la suya izquierda, y aun con los guantes de látex que Ud. llevaba puestos pude sentir el calor que desprendían. Ud. respondió con lo que entendí al menos como gesto de comprensión y ternura pasándome su otra mano, incluso también enguantada, por mi brazo; un brazo fornido de haber cargado con todo el equipamiento gráfico durante mi vida anterior. Sí, Dra. porque si me ve Ud. casi siempre cuidando de mi tío cuando Ud. viene a pasar su consulta es porque soy (o al menos lo era) periodista. Ni él ni yo tenemos más familia. Yo tengo todo lo que necesito. No me mueve afán de lucro. Mi familiar no tiene gran cosa en la vida y, desde luego, nada que me pueda faltar. No me va a dejar una gran herencia, Dra. Si hablo en pasado de mi profesión lo es porque, ahora que me dedico a la actualidad local y -tal vez- al periodismo literario, ya no lo considero tal como sí cuando lo ejercía, a veces bajo graves peligros, en Ruanda en 1994 (más bien el exterminio de la población Tutsi por parte de los Hutu) y en las guerras de los Balcanes cuando estuve a principios de siglo o milenio. Era como un soldado más (como el casco azul que de pequeño soñaba con ser, el guerrero de la paz) cargado -por eso Ud. percibió la fuerza de mis brazos- con todo lo necesario para dar y comunicar al mundo la inconmensurable barbarie y maldad que arrastra el ser humano. Ud. por su gran humanidad podría, si fuera tan amable, ayudarme a restañar esas heridas de guerra. Lo que estoy haciendo es proponerle un trato. Estoy acostumbrado a dormir solo. Mi mujer se divorció de mí hace muchos años y nunca he tenido hijos. Pero quizás Ud. con el tiempo quiera compartir mi soledad y convertirse en mi esposa aunque yo cuente ya más de la sesentena. Sólo le pido con amor eso, esa oportunidad. No tendrá que cocinar para mí. Como le digo, tengo tiempo libre, quizás demasiado, salvo a ratos por las tardes para escribir desde mi casa, que sería la suya, por Internet, mi colaboración diaria. Por eso paso largos ratos con la única familia que tengo y la echo de menos si algún día falto cuando Ud. pasa a ver a mi querido tío. Siento como un vacío que sólo su amor puede llenar. Seré un padre para sus hijos, si los tiene. Me he fijado en que Ud. no lleva anillo de casada. Ya ahorré bastante durante mi destino en las guerras que quedaron señaladas en mi ya maduro cuerpo. Tengo alojada en la rodilla derecha una esquirla de la granada que mató en el atentado de Bangladesh en 2016 a mi compañero, cuando antes nos salvamos de milagro del más cruento ataque, como le digo, de la Guerra de los Balcanes. No tiene que contestarme ahora. Ni le estoy proponiendo un acuerdo para toda la vida. Puede tenerme a prueba cuanto tiempo desee. Pero quizás con el tiempo es posible que llegue a amarme.»


Ayuda al ElDigtalCT a seguir trabajando para llevarte la información cada día a tu móvil, tablet o pc. Colabora con nosotros con tu donación para apoyar una información independiente.



 

[El tío de este hombre falleció y él creyó que no volvería a saber de la mujer de la que se había enamorado perdidamente.]

Pasados unos meses llamaron al timbre de la puerta de su casa. Y era ella acompañada de un niño de seis años. Y dijo:

– ¿No me invita a pasar?

Y él cogió con un brazo al pequeño y echó el otro por encima de los hombros la mujer: «Creía que Ud. no vendría nunca.»

 

FIN

Aniceto Valverde Conesa

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.