Ramón Galindo
Ramón Galindo
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Y con esto poco a poco, en este que ya empieza a ser demasiado largo confinamiento alcanzamos el Domingo de Resurrección.


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Un mes «y lo que nos queda» es mucho, es como una larga pesadilla que no creemos estar viviendo, y que nos da mucho para pensar.

Si bien es cierto, comienzo por decir que es una medida de protección ante una mortal nube desconocida que casi sin darnos cuenta nos ha envuelto. Pero también es cierto que la equivalencia a un arresto domiciliario de estas dimensiones, en este país equivale a que la has liado muy gorda. Pero no tan gorda como a sobre quienes a recaído la responsabilidad de atacar la crisis. Unos responsables, que están demostrando ser bastante irresponsables. No voy a poner en duda que fuera el que fuese al que le hubiera caído el marrón muchos fallos hubiera cometido, y tampoco hubiera satisfecho las expectativas de todos. Pero la virulencia con la que atacan a unos, las movilizaciones sociales de unos y otros son muy desproporcionales.

Y ahora resulta que los que se jactaban de ser los prendedores de la mecha del “pásalo” se sienten atacados por la libertad de expresión que tanto cacareaban y ya están poniendo todos los medios a su alcance para cercenar las libertades de los que no piensan igual que ellos.

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Que los que tanto se preocupaban de desenterrar muertos de hace ochenta años, para devolverlos a sus familiares, ahora son incapaces de entregar a los suyos, a los que mueren solos y desamparados en las UCIs, suponiendo que no hayan sido desechados al derecho de un respirador por su edad o estado clínico, o en las residencias, o sencillamente solos en sus casas. Y los que consigan hacerse con los restos de sus familiares, sin ni siquiera poder cerciorarse de que son los que buscan, y han tenido que llevarlos a la inhumación en carretilla, por esa torpe limitación gubernamental de tres personas por entierro (menos que los comentaristas que acuden a la isla de los famosos) a sabiendas de que un ataúd se porta como mínimo entre cuatro.

En cuanto a esta guerra de cifras, es cuestión meramente matemática y psicológica. Una porque no les salen bien las cuentas y la otra porque no nos dicen la verdad.

En matemáticas para que el resultado de la ecuación sea el correcto, es fundamental introducir todas las incógnitas, que en este caso serían: La cantidad de fallecidos que habían sido diagnosticados médiate el test correcto; los fallecidos que habiendo muerto en estas circunstancias y aun habiendo resultado positivos, en realidad murieron por otra causa; los fallecidos que murieron con resultado positivo pero de test fallidos; los que han muerto sin test; los fallecidos que han muerto por ejemplo de gripe (debemos recordar que por esta causa mueren más de 5.000 personas al año solo en este país); los que no llegaran al privilegio del respirador y pudieron haberse salvado; los que están siendo buscados por sus familiares y no aparecen; la diferencia de óbitos que dicen los juzgados haber expedido certificados de defunción que no coinciden con las cifras que da el Gobierno y los que se amontonan en la improvisadas morgues, o son trasportados en camiones frigoríficos para depositarlos en lejanos lugares, y los servicios funerarios dicen no poder incinerar ni enterrar en dos años. Y otros muchos que irán apareciendo, en peores circunstancias ¡Y LAS FALLECIDAS! que de ellas ya no se acuerdan los que tan ridícula moda lingüístico-genérica iniciaron y quizá sea eso, que como no las nombran no las suman.

De la psicológica, ni se puede hablar no vaya a ser que como mínimo me cierren el Facebook.
Hoy, en este triste Domingo de Resurrección, como de costumbre, a vuestra salud y en perjuicio de la mía, entre los aromas del café y el humo del puro, aprovecho para enviar un fuerte abrazo a amigos y familiares.

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