Imagen de los Budas de Bamiyán (Afganistán)
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Estoy seguro de que estas palabras o la reflexión que en ellas se encierra no va a gustar a nadie. Y sin embargo abandono por unos momentos mi silencio que es más necesitado que deliberado, para poner negro sobre blanco unas humildes consideraciones sobre la guerra de Ucrania, en la que incluyo también el sufrimiento de muchos soldados y ciudadanos rusos.

Todos creo que estamos de acuerdo en aquella expresión nullum crimen sine poena; es decir “ningún crimen sin pena” o castigo, aun con las debidas garantías que exigen que los hechos se encuentren tipificados en una ley previa, escrita y escrita. El Derecho es una forma de hablar en subjuntivo e imperativo: “El que matare a otro será condenado a…”
Y aun así la delincuencia de todo orden está a la orden del día. E incluso nos manifestamos por las calles de nuestras ciudades como muestra de repulsa y exigencia de que se haga justicia frente a deleznables hechos, que se castiguen debidamente por parte de la Administración competente ya que la misma ostenta en exclusiva el ius puniendi estatal o monopolio de la fuerza. Nadie puede tomarse la justicia por su mano.

En el orden Internacional la cosa cambia. Yo daré mi modesta opinión que, insisto, no gustará a nadie. Y terminaré -lo más brevemente posible- con un esbozo de las consecuencias sociales directas e indirectas de la guerra, de la agresión de Rusia a un Estado soberano como era Ucrania.

El Derecho Internacional es peculiar en muchos sentidos, desde la posibilidad de crear reglas de Derecho consuetudinarias (generadas por la costumbre aun contra legem) hasta la ley del más fuerte. De ahí que a lo largo de toda la Historia haya habido siempre guerras y, correlativamente, alianzas con alguna de las partes o para, en raros pero algunos casos, imponer la paz.

Hubo un gobernador militar de Gibraltar que dijo que el Tratado de Utrecht (1713 a 1715) podría decir lo que dijese sobre si había cesión o no al Reino de Inglaterra de aguas territoriales en derredor del Peñón, que él ni se lo había leído, pero que ese mar existía y que llegaba hasta donde alcanzaban sus cañones. Esto ya es algo que suena a Putin.

Aún sin terminar la II Guerra Mundial, pero en el contexto de un mundo horrorizado por las atrocidades cometidas durante la misma, se acordó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Declaración fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, el 10 de diciembre de 1948. Y es de todos conocida, como su fin primordial que es el mantenimiento de la paz.

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En cambio, no lo es tanto el Tratado Fundacional de la O.N.U., base o cimientos en los que se asienta la Organización para el cumplimiento de sus fines.

En lo que aquí importa el Capítulo VII de la Carta o Tratado bajo la rúbrica “Acción en caso de amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión” quedó plasmado con la intención de dotar a la ONU de una fuerza permanente de interposición entre las partes beligerantes para mantener o incluso imponer la paz. Pero esa permanencia e independencia del poder del Estado de origen de los cascos azules nunca ha existido.

En la práctica ha habido intervenciones puntuales, meritorias pero a veces incluso rodeadas de polémicas por la poca ejemplaridad de los soldados integrantes de tales contingentes.
Conviene ahora resaltar la dicción del artículo 51 del Tratado:

«Ninguna disposición de esta Carta menoscabará el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales. Las medidas tomadas por los Miembros en ejercicio del derecho de legítima defensa serán comunicadas inmediatamente al Consejo de Seguridad, y no afectarán en manera alguna la autoridad y responsabilidad del Consejo conforme a la presente Carta para ejercer en cualquier momento la acción que estime necesaria con el fin de mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.»

Lamentablemente cuando no es un miembro permanente con derecho a veto en el Consejo de Seguridad es otro el que impide ese loable fin de “restablecimiento de la paz”.
Muchos años después, el 9 de noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín y con él se precipitó el Régimen Soviético y, a su vez también, se hizo añicos el Pacto de Varsovia, símbolo del bilateralismo o uno de los bandos en que se dividía el mundo del este y el Oeste con la OTAN al frente (no obstante, siempre se ha dicho que la verdadera injusticia se daba entre el rico Norte y el empobrecido Sur).

Esta circunstancia, el derrumbe de la URSS, propició que la OTAN con los EE.UU. al frente se impusiera de facto en garante de la paz mundial, aunque en no pocas ocasiones llevara o encabezara a otras naciones a la guerra. Huelga, por archiconocidos, citar esos conflictos en ellos que la primera potencia mundial ha actuado por su cuenta, oscureciendo las múltiples misiones de paz en la que nuestro Ejército ha participado como en las Guerras de los Balcanes.

De hecho, pues, la OTAN es esa fuerza que puede castigar militarme las infracciones de la Carta de los Derechos Humanos. Lo dicho antes: Una regla de Derecho es una condición en subjuntivo y una consecuencia o la consecuencia imperativa de un castigo.

En la guerra de Ucrania, desatada hace más de cuarenta días, hemos visto -una vez más en la Historia- toda una serie de atrocidades contra civiles, mujeres y niños, e incluso contra prisioneros de guerra en contra de lo prescrito por las cuatro Convenciones de Ginebra.

¿Qué hay o quién hay detrás de todo eso? Es una pregunta más bien retórica. La guerra de Putin y su deseo de acabar con el miltiraterarismo, con la variedad y riqueza y el patrimonio incluso inmaterial de las naciones soberanas, como el caso de la destrucción por los talibanes de los Budas de Bamiyán cuya foto ilustra estas torpes palabras.

Creo que queda claro que, como sostenía, Thomas Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”, puesto que aun los bienintencionados redactores y creyentes (entre los que me incluyo), de los principios de la Carta de los Derechos Humanos sabemos de la injusticia no sólo de la Guerra de Putin, sino de todas las que asolan el mundo o cuyo rescoldo aún permanece vivo. Pero existir existen y no parece mal que se arme a un Estado soberano en defensa de su integridad y ciudadanos frente a la agresión del matón de la clase. Y aunque se pueda decir que ello contribuye a escalar la violencia, el atentado sigue siendo tan desproporcionado como manifiesta la crueldad del agresor.

No quiero terminar sin decir algo más que no guste a algunos. Desde luego, a mi vez, no me gustaría estar en la piel de un presidente al que una pandemia va seguida de una guerra… Pero una cosa, ese peculiar y sorpresivo cambio en la política internacional respecto del Sahara Occidental y acercamiento a Marruecos -evidente aliado de los EE.UU.- no será la busca de una puerta giratoria por la que cambiar de aires al abrigo de la gran potencia cuando esto termine ya sea bien -ojalá- o mal. De hecho, Pedro Sánchez ejerce directamente las competencias de la cartera de Internacional.

Si el mundo vuelve al bilateralismo, las personas también. Y perderemos las cualidades del famoso verso de Lope de Vega: «Buen ejemplo nos da Naturaleza, que por tal variedad tiene belleza». La polarización social -desgraciadamente- es ya más que evidente. Rezaré estos días de pasión por la tolerancia, el diálogo, el respeto mutuo y, a ser o no ser mucho pedir, la paz en un mundo donde quepan todas esas bellas singularidades.

Aniceto Valverde
Colaborador
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