Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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El espacio mental del miedo por lo desconocido que generalmente embarga al hombre, y cuanto más ignorante por mas cosas generado, cuando el citado temor vive en la cueva o en la cabaña, se le llama brujería, fuerzas del mal, o cualquier otro adjetivo, que, unido al aullido del lobo, de siempre ha puesto los pelos de punta a nosotros y a nuestros ancestros.

Y los directores o controladores de los citados y variados y abundantes temores del hombre, han recibido el nombre o los adjetivos de brujos, chamanes, o hechiceros; que sirven para diferenciar y distinguir a los mismos oficios, pero con carrera y vida de postín, que entonces se denominan teólogos, o eminencias, porque a los mismos temores ancestrales los hacen que vivan dentro de edificios, cuanto más grandes y suntuosos más santos, llamados catedrales.

Las catedrales, cuyo nombre tiene un origen como casi todo lo español, griego, pero el latín lo ha adoptado y robado para hacerlo como propio, deriva de cátedra o asiento; y como es probable que las catedrales, para algunos, mi caso personal, las considere como una de las grandes expresiones de soberbia y derroche de la humanidad, y, por tanto, ni reflejan cultura, ni han adelantado al hombre en otra cosa que no sean darse martillazos en los dedos tallando piedras, y decir palabrotas posteriormente.

El trabajo, que para los que siempre lo hemos considerado como un castigo y no como algo gratificante, salvo que se esté haciendo aquello que libremente te plazca por esa condición de mala sombra que tiene el currelo, solamente debería de existir para hacer cosas útiles y bellas; y todo dentro de un límite social y no hipotecantes o causante de hambrunas, de desperdicios de recursos, o martillazos en las manos, caso de las citadas catedrales o de los submarinos, como el de Cartagena, que, al parecer lo inició el propio Isaac Peral en persona, y que con un poderoso pestazo sectario, se remojará en algún dique flotante para jugar a los barquicos.

El problema es que servidor ha conocido las cuevas de San Antón, de Lo Campano, Los Barreros, y un largo etcétera cortijero en Cartagena, después de llevar millones de años el globo de la tierra dando vueltas, y de haberse firmado, o poner el dedo por no saber ni firmar, miles y miles de tratados de paz, que no han servido para nada.

Y mientras que la citadas cuevas albergaban familias, que salieron de ellas por trabajo y solidaridad de nosotros las gentes; pero que desde la catedral no se movió un dedo para hacerlo, al contrario, y del submarino lo único que se puede lograr es que hayan más cuevas, un servidor no va a batir tambor alguno en defender conceptos, que aunque estén adornados con frases hechas, rimbombantes de su necesidad e utilidad social, para un servidor los considero, al submarino y a la catedral, como dos derroches que nos devuelven a tiempos pretéritos, que, para nuestra desgracia, están volviendo porque le interesa que vuelvan a los de siempre.

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Insisto, aunque sea luchar contra molinos de viento, la ciencia, la investigación, el avance en la calidad de vida de los humanos, no vienen porque sea el fruto gracioso y generoso de construir armas con más o menos capacidad destructora de la humanidad.

La ciencia, la investigación, financiada para que encuentre la mayor letalidad y destrucción posible en las armas, si se emplea en el campo de la salud, la alimentación, el vestido, la energía, la construcción de viviendas sociales aptas, da mucho más juego y genera muchísimas más sonrisas y felicidad que ver una catedral, que suele dar miedo sus fachadas, o un submarino, aunque sea nuclear, de los muchos que hay de diversas banderas descansando en el fondo marino del Estrecho de Gibraltar, con sus misiles con cabezas atómicas para jodernos a todos al primer descuido.

En Cartagena no hay viviendas sociales. En Cartagena existen casas que las cuevas son palacios a su lado; y mientras, los mismos de siempre, repitiendo conceptos medievales que siguen triunfando, aunque existe y se haya institucionalizado el día del libro para llenar el vacío de las estanterías.

Eladio Palmis
Colaborador
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