Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Pero de una discoteca rara, extraña, inusual en el proceder de todos los bichicos malévolos que tradicionalmente la han tomado de un modo preferencial en mandar otra vez a la materia, al Homo Sapiens.


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Sabemos, porque tontos del todo no somos, que el sistema, los viejos prostáticos que gobiernan el mundo y deciden quién come o quién no, no son precisamente gente de la que escupe para arriba y esperan que les baje el gargajo. Por lo tanto, aquí hay, en el asunto del coronavirus, mucho gato que se ha salido por la gatera por su cuenta a cazar ratones.

El coronavirus portero de una discoteca selectiva que quiere al público entre los setenta y los ochenta, con preferencia a otras edades (eso no quita que se le cuele alguno de edad diferente) tiene todos los indicios que lleva una programación de alguno que le ha pagado su jornal para que cumpla su misión de “barrer la cubierta” de viejos, que antes tenían la gentileza de morirse a boca de los setenta, y de una parte para acá, aunque sea a base de silla de ruedas y de “empujadora” (mi admiración y respeto a todas esas mujeres), estábamos aguantando el tirón (estoy en edad suficiente para entrar en la discoteca).

Por tanto, el hecho que el bichico pida el carnet de identidad antes de atacar, no es algo muy normal en el comportamiento de los virus y las bacterias o lo que coño sea, el que ha puesto al mundo de rodillas; menos a los poderosos, que se ven tan panchos entrando y saliendo de sus yates como si tuvieran la solución contra el bicho guardada en su caja fuerte.

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Entre las muchas rarezas que tiene el bicho, es que no parece interesarle mucho aquellos países que no tienen que devolver a sus viejos (o a sus mayores) parte de lo mucho que le quitaron a lo largo de su vida laboral, normalmente en forma de una pensión ridícula, y, según estadísticas que nos suministra generosamente el sistema por voz de internet, el coronavirus pasa de largo allí y donde las pensiones no existen, que, insisto, en nuestro caso no son abonadas por los sistemas de gratis, ni mucho menos.

Si todo tiene obediencia a que el bicho es parte de un programa elaborado tranquilamente desde algún despacho de la tipología de los energúmenos que suelen salir a los medios (si no salen ellos les sobran bocazos y bocazas que lo hacen por dinero), quejándose de que la humanidad tenía que ser más benévola y dejarlos a ellos, al sistema, que la despanzurra con, todavía, un mayor silencio.

Y tal director de la vida y la muerte, quizás ha tenido en el olvido que una sociedad, un sistema, que hasta ahora ha dictaminado quien come, quien vive, y quien puede esbozar una sonrisa, no va a lograr su objetivo de decir a qué edad se “baldea la cubierta” y se llena el salón de chicas nuevas porque ha llegado la flota.

Si la sociedad superviviente a todo esto que huele muy mal, se olvida pronto de todo y se cree, como hasta ahora, que los niños vienen de Paris, que los reyes son magos, que las serpientes hablan, y que una manzana mordida es la culpable de tirarse toda una vida dependiendo del trabajo, a lo mejor sobran porteros en la discoteca actual; y, al mejor estilo tradicional, los bichos anti homos sapiens, “pa arriba” vayan uno sí y otro no, y “pa bajo”, como antes con los bichos naturales, todos al puto carajo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis (llevo muchos años firmando mis trabajos con lo de Salud, lo primero.)

Eladio Palmis
Colaborador
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