Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Carpe Diem

El cielo, el paraíso de algunos creyentes, lo pintaron con angelicos: nenicos nacarados rosados; pero discriminado, porque no había angelicas. Y como no es fácil reconocer que todo se debía a un mero asunto de gustos por el género de los mecenas, a nivel de universidad, en vez de estar analizando cosas de necesidad para la calidad de vida, se estuvo hablando y se sigue hablando del sexo de los ángeles para no reconocer el machismo de un clero católico con su derivados o desviaciones.

Aunque gracias al soporte gracioso que le están dando las televisiones al virus denominado Coronavirus todos somos ya expertos en virus; y es probable que nos vendría bien recordar que tenemos otros virus; otras pandemias, que nos está generando más desarreglos sociales, aunque como los malos médicos, sus errores los entierran, tal está ocurriendo con los daños irreparables que se le está causando al Planeta Tierra la modorra de no disponer de un poder judicial al que poder arrimarse con los muchos errores que ya, con toda impunidad, ni los entierran los políticos para que no se vean, cometidos contra el medio ambiente.

Hay ya ciudades, caso de Cartagena, de ahí por lo de empezar hablando de ausencia de angelicas en el cielo, y preferir la grey celestial los angelicos, en una continuidad terrenal que es totalmente desconocida en el más allá de Lo Campano o de Los Mateos, o de San Antón, o del propio centro de la ciudad, donde hay un empecinamiento en toda la masa (bueno, en casi toda) del amasijo municipal, que entiende que entre sus temas favoritos a los vecinos de los barrios nombrados y muchos más que no he querido nombrar por no aburrir, lo que realmente les preocupa no es que no haya trabajo, presente, ni futuro alguno; que sus barrios y calles estén peor que nunca, sino que no duermen pensando en la gran necesidad que existe en Cartagena de tener una buena catedral más grande que la de Murcia, y ven con muy buenos ojos que el dinero público se emplee en iglesias.

Y ese virus que ha permitido, por citar un ejemplo, que en plenas penurias del franquismo, corriendo el año de 1.946, se publicara en la ciudad capital del sacro cortijo murciano, la vida y milagros de un santo extranjero, Santiago, y se haya dejado en el cajón inédito, hasta el pasado año del 2.000, un trabajo consistente en la Compilación de las Crónicas e Estorías de España, terminado de escribir en el año de 1.491; por el historiador nacido en Murcia Diego Rodríguez Almela, nos está indicando claramente cuales son las preferencias “culturales” de la cortijá; lo mismo que los angelotes nos está indicando cuales son las preferencias de los mecenas de los pintores.

El citado historiador murciano Diego Rodríguez Almela, que en muy breves años se cumplirán los seiscientos años de su nacimiento, anota la crónica que fue canónigo en Cartagena; y por tanto, que para esos lejanos años, los cartageneros se conformaron perfectamente con disponer de una iglesia colegiata dirigida por un Deán, y no habla la crónica de que intra o fuera de los muros de la ciudad, hubiese una inquietud social, como de boquita política la hay ahora, como para gastarse todos los reales públicos en catedrales o iglesias.

Al citado historiador, que probablemente fue nieto del obispo de Burgos, que de rabino judaico con dinero compró el obispado de Burgos, el señor Cartagena (no sé con qué tratamiento quedarme), y fue probable hijo del segundo hijo del citado obispo nos puede estar dando una muy buena idea para solucionar nuestros problemas.

Y por eso anoto la idea para que algún ricachón cartagenero o una colecta popular compre un Arzobispado para Cartagena, que claro, resuelve mejor que el obispado los problemas que nos vienen encima sin catedral y con el coronavirus campeando, con el Rosell y el Naval cerrados cayéndose, y alquilando tiendas de campaña como si estuvieran hechas de seda natural.

Eladio Palmis
Colaborador
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