Imagen de la capilla ardiente del dictador Francisco Franco
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Es evidente que hay un descontento social que no tiene muy claro que es lo que está pasando en la política española, ni a nuestros políticos. Una sociedad que siente que nuestros dirigentes les miente una y otra vez. Esto, ineludiblemente, hace que esa sociedad se aleje de los temas políticos, pues llegan a pensar que todos son iguales, y solo les interesa su beneficio propio y el de su partido de turno. Dentro de ese desencanto, se encuentra más atenuadamente si cabe el de los más jóvenes, que no les interesa la política nada, o muy poco, hasta el punto de desconocer incluso el nombre de sus gobernantes. Es una triste realidad que estamos viviendo y de la que poco se puede hacer si no es a través de la pedagogía constructiva, es decir; de explicar a nuestros jóvenes lo importantes que son para el futuro de este país y del suyo propio. Para eso necesitamos saber el porqué hemos llegado a esta situación, y las causas son varias y aunque parezca alejadas unas de otras guardan todas un elemento en común que las inter conexionan. Ese elemento es el de la deformación en materia de pensamiento colectivo, función que se ha encargado de llevar a cabo las diferentes leyes educativas y los medios de información vendidos al más salvaje capitalismo. Pero vayamos por partes.

Con la muerte del dictador y la llegada de la democracia a través de la mal llamada ejemplar transición, el pueblo sintió la necesidad de tomarse un respiro, pensando que lo más difícil ya se había conseguido, es decir, la llegada las libertades después de una larga marcha por la oscuridad del franquismo. Este fue el primer error de partidos y sindicatos, así como de otros movimientos sociales. Cierto es, que los años ochenta del siglo pasado fueron convulsos, y violentos por parte de las fuerzas de seguridad del estado que desde la muerte del general oprimían cualquier manifestación de la clase trabajadora. La opresión llegó a contabilizar en ese periodo de tiempo casi los mil muertos. Esto quiere decir que la transición no tuvo nada de pacífica, y que las conquistas sociales costaron sangre, lágrimas y muertes. Encarcelamiento, torturas.

Es por ello que, con la llegada del PSOE al poder, y aunque la lucha continuaba en las calles, la clase se relajó hasta el extremo de dejar que fueran las instituciones quien se encargaran de la lucha social.

No estoy criticando a los hombres y mujeres que abandonaron la lucha en las calles, Yo fui uno de ellos. Estoy describiendo una realidad que sucedió, y que es la consecuencia de lo que ocurre hoy en día, por tanto, asumo el mea culpa.

Pues bien. Mientras nosotros de forma inconsciente dejábamos la calle, y en consecuencia cedíamos nuestra fuerza a nuestros dirigentes, regalando todo el poder del pueblo a los gobernantes, y por qué no reconocerlo, aburguesándonos un tanto. Ellos, el capital, seguían trabajando en su estrategia de, des democratizar la democracia desde las instituciones del estado. Desde la judicatura, la iglesia, y otros estamentos, nos iban oprimiendo poco a poco, muy sutilmente, sin apenas molestar. Paso a paso, fueron construyendo un nuevo estado dentro del estado, volviendo (si es que alguna vez se fueron), a ser ellos los que realmente movían los hilos. El franquismo, con la (quiero pensar), inocencia de los partidos de izquierda, fueron recuperando el poder que transitoriamente había cedido.

En esta coyuntura de tensión oculta llegó el golpe de estado del teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero. Golpe de estado que hay poderosas sospechas fue dirigido desde la más alta estancia, es decir, por el propio jefe del estado.

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Los motivos de dicho golpe pueden ser varios, pero lo que no cabe duda es que se dio para calmar el ruido de sables que se estaba produciendo dentro del ejército español. En 1981, todos sabíamos que tarde o temprano, la izquierda gobernaría la nación, y el miedo, no era que gobernase el partido socialista en solitario, el verdadero temor es que el PSOE necesitara el apoyo, y, por tanto, la participación en el gobierno de partido comunista de España. Los militares nunca consentirían ese hecho, y el monarca era conocedor de dicho malestar dentro de las milicias.

Fue una tarde noche, donde el monarca tuvo que explicar al ejército sus verdaderas intenciones, y estas no eran otras que comprometerse con los poderes fácticos de que, aunque gobernase la izquierda, nada cambiaría para sus intereses, ya que contaba con la colaboración de las democracias liberales de Alemania y USA.

En ese instante, el monarca se mostró ante el país como el verdadero salvador de las libertades en España, y perpetuaba la monarquía. Lógicamente, en el acuerdo estaba implícito que él sería recompensado económicamente por este hecho.

Javier Hidalgo Prado
Colaborador
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