Imagen de la capilla ardiente del dictador Francisco Franco
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Muerto el dictador, España de la noche a la mañana se convirtió en una democracia olvidadiza. Los ministros, policías, iglesia, se transformaron en adalides de la libertad. El poder judicial, de repente, era el poder del pueblo, impartiendo una ley justa y proporcional para los tiempos modernos, para ser auténticos europeos libres de cualquier yugo opresor.

Nada más lejos de la realidad, los poderes fácticos y políticos siguieron haciendo auténticas tropelías contra las clases populares, y más si cabe, si esas clases pertenecían a algún partido político, en especial al partido comunista de España. O a algún sindicato tales como UGT Y CCOO. La policía seguía torturando en los calabozos de las comisarias y direcciones generales. Seguían disparando balas contra los manifestantes que osaran enfrentarse al poder establecido. Nunca o casi nunca los autores de los disparos que en muchas ocasiones terminaba en muerte del manifestante fueron juzgados por asesinato, y los pocos que sí lo fueron, las penas no conllevaron a lógica entrada en prisión, bien porque la penas eran inferiores a dos años, bien porque el propio estado les ayudaba a escapar antes de entrar en prisión.

Los grupos fascistas de fuerza nueva y falange, así como otros grupos parapoliciales, actuaba con total impunidad y en ocasiones con la colaboración de la propia policía e incluso con sectores del propio ejército que proporcionaba las armas que supuestamente eran robadas de sus arsenales.

En este contexto de violencia, España fue avanzando hacia una democracia que cambió el yugo de espino por otro de seda, pero igualmente opresor y criminal.

A pesar de la fuerte represión, la gente se echaba a las calles pidiendo amnistía y libertad. Los partidos políticos seguían haciendo encaje de bolillos para que todo fuera atractivo para una sociedad que demandaba un cambio radical, y todo empezó a tener una imagen más atractiva, aunque poco o nada sería deferente para las distintas clases sociales. Las clases altas, el ejército, y la iglesia mantuvieron intactos sus poderes. La monarquía, nos colaba su permanencia intocable en una constitución elaborada para su mayor gloria. La judicatura franquista seguiría siendo controlada por las leyes del movimiento nacional. Leyes maqueadas para hacer creer que todo cambiaba, pero la realidad de las calles, es que todo seguía igual.

La clase dirigente poco a poco se va dando cuenta que algo hay que hacer para dar un golpe de efecto y hacer ver que los verdaderos héroes de la transición no es el pueblo sino los políticos que estaban dedicando su placentera vida en transformar España. Hasta el punto de orquestar un golpe de estado chapucero pero efectista. Recordemos que de aquel golpe de estado salieron fortalecidos y casi encumbrados como héroes dos militares franquistas hasta la medula. Uno, el monarca, otro, Gutiérrez Mellado, al enfrentarse a los golpistas. Desde ese momento, si consiguió que la imagen del nuevo ejército fuera más atractivo para la población. Y nadie cuestionaría que desde ese momento el ejército criminal franquista estaba del lado de la democracia. Nadie discutía que Gutiérrez Mellado tenía las manos manchadas de sangre inocente desde el levantamiento militar contra la república española de 1936.

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Por tanto, hubo un antes y un después con el intento del golpe de estado. La estrategia era clara, se metía el miedo en el cuerpo a la población que pensó que era posible ver a una guerra civil, y que para evitar ese retroceso y enfrentamiento teníamos que ceder todo el poder al monarca franquista pero campechano, y a los poderes fácticos del estado.

Pero quedaba otro golpe de efecto para consolidar la gran mentira.

Ese otro golpe sería hacer todo lo posible para que el PSOE ganara las próximas elecciones generales.

Javier Hidalgo Prado
Colaborador
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