Para mi hermana María y su marido Fran, ambos funcionarios de prisiones. Aniceto Valverde
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Ataúlfo Romero Calasparra, mayor de edad, vecino de Cartagena, una ciudad al mediodía, con domicilio en calle de la  Flor de un Día, donde hace ya un tiempo no pasa el tranvía, de número el 5, 7º piso, letra A de la escalera D, cuyos demás datos personales obran en el expediente que se le abrió al comienzo de sus días, en ese Registro de su vida, ante el cual tiene el honor de comparecer, y, a ser posible expresar, como mejor se pueda o proceda y sin miedo, lo que a continuación prosigue:


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Que luce un sol primaveral que da un tono de rocío al verde de las hojas de los plataneros de sombra que hay por las alamedas, y a las de los álamos igualmente de nervios blancos y pedúnculos marrones. Que lo dice porque lo imagina a juzgar por el minúsculo rayo que del mismo se cuela donde está, aislado por miedo -según le han prescrito- al coronavirus que se ha puesto de moda y que alguien cercano a su Ilustrísima, dicho sea con el debido respeto, ha debido poner en circulación para daño de la Humanidad aun no tan generalizada como en el Tercer Mundo. Y la jodida economía mundial y el pánico a ya pequeña escala en los supermercados por la población enfebrecida.

 

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Que la burocracia y las responsabilidades no se pueden llevar sin la poesía y que de ésta queda poco en el pobrecito mundo donde habitan otras injusticias más allá del citado bicho de las que le cito a título meramente enunciativo, o lo que es lo mismo, como ejemplo, la misma crisis que padece este país y que se ceba con los más débiles y los ha empobrecido aún más desde que estalló la así llamada Burbuja inmobiliaria. Por no hablar de los migrantes sirios, los palestinos, los saharauis y el Tercer Mundo, y toda una suerte de calamidades que azotan los mal conocidos como países en vías de desarrollo. El hambre, la pobreza, la falta de agua limpia y alcantarillado que mata a tantos miles de niños al día. Un Planeta que se muere. Unas ansias que se frenan de libertad de algunos pueblos. Una pareja que se rompe cuando empezaron siendo adolescentes besándose sobre el capó de un automóvil abriendo así una esperanza de salvación ahora quebrada. Un árbol que se tala junto a su bosque en la Amazonía y en cualquier parte del Mundo

 

Le traslado la  presente para su conocimiento y efectos pertinentes, a lo que Udes. únicamente saben contestar: «que se abre el expediente por usted solicitado y que al cabo de cierto tiempo, si no le vuelvo a escribir, puede usted como interesado entender que de nada quiero saber sobre el particular, y, tal vez y como mucho, aprovecho la ocasión para saludarle muy atentamente con el visto bueno del intendente jefe a quien Dios guarde muchos años, lugar y fecha al principio indicados, firmado, rubricado, registrado y sellado.»

 

Pero no quiero desistir y sí proseguir, abundar e insistir, puesto que ni el sol se le pegaba este verano entendiendo que la culpa de ello está no más en la antedicha palabrería entrecomillada que no lo dejaba colarse y darle cierto tono sano a su piel contagiada del blanco del papel, y ahora del encierro del susodicho coronavirus por sus Ilustrísimas engendrado, siempre dicho con el debido respeto y en estrictos términos de defensa. Y que ahora es una pena no irse a Santa Lucía, al puerto de los pescadores, a tomar sardinas y el sol que reverbera en la mar; dejar de oler lo salobre con cierto tinte de gasóleo. En definitiva no vivir un Mediterráneo tan cercano.

 

Por todo ello tiene la osadía de poner en su conocimiento esta rebeldía que le lleva a cerrar -o quizás mejor proceda decir- a desencerrarse, con olvido al menos momentáneo, como se ha dicho, a mediodía para acudir al susodicho lugar a ser posible en solitario o son madrileños, en busca de la dicha de vivir, alejado del miedo. Notifíquese la presente al interesado o a sus Excelencias, con todo cariño como a un niño, y hágansele saber que contra el ansia de vivir que siente, a pesar de su coronavirus, no cabe recurrir.

 

Aniceto Valverde Conesa.

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