J Eladio Palmis
J Eladio Palmis
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Ha sido, aquí en la Cortijá, y por fuera de ella por los flecos que se ven, lo mismico, años de una impunidad total donde partidos políticos y políticos a nivel personal, aún poniéndose “mata mal aliento” en la boca, la inmensa mayoría cuando eructan, echan un enorme olor a chorizo.


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Tuve algunos problemillas de tipo personal, en un tiempo político muchísimo más sano y humano que el actual, y, a pesar, como la tarjeta indicativa que te daban en las dependencias me la ponía en la bragueta, para no estropear las solapas, decía, algunos se mosquearon.

Pero ahora, toda la sociedad con sus políticos por delante por un lado, y por el otro los encargados de vigilarlos, controlarlos y meterlos en cintura, como están dejando al “mundo correr”; y el mundo lo que tiene que hacer es girar en rotación y traslación, porque para correr ya están los conejos del campo, han llegado gente patriota y piadosa, a la feliz conclusión de lucir lacitos negros y corbatas del mismo color, que eso no joden las solapas de las chaquetas, sino que a muchos nos pueden dar patadas en los compañones, porque de risotadas, de carcajadas del neoliberal- cristianismo tenemos el carro lleno hasta los barandales.

El resultado, sin pesimismo de ninguna clase, es que, para donde mires, te encuentras el mismo tipo de basura: el mismo razonamiento aceptado por una parte social, porque dicen que robar (utilizan otras varias expresiones) está muy bien, porque son de “los suyos”, que lo están haciendo de madre nocturna para arriba, y lo ve muy bien. Y si no son de los suyos, entonces a lo más cuelga una queja en las redes sociales; redes que tienen los agujeros muy grandes y lo gordo se les escapa.

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Y lo gordo no es que lo que tenemos socialmente en lo alto sea una losa que nos ha llevado al fondo de un estercolero social donde la vida y la muerte, la enfermedad; incluso los grados de filialidad, estén enrobinados y no se articulan, sino que con más frecuencia de la deseada para el desenvolvimiento necesario de una convivencia que tenga futuro, el abuelos; los abuelos, estorban; y ya no digo nada si cuestan dinero.

Pero tan asunto; tal señalamiento de una injusticia social increíble, que recae siempre en los demás y no en nosotros mismos, que si nos miramos al espejo nos tenemos que dar besos de lo bien que lo hacemos, el resultado es que las empresas europeas, con la complacencia de la muchachada política española que los ayudó, que son lo mismo que nosotros mismos que los votamos, se les ha escapado un negocio respecto a los viejos españoles, que algunas empresas mineras europeas lo está aplicando en África, y allí no se desperdicia un kilo de proteína; que venga de donde venga va derechico para la cazuela.

Porque resulta un derroche y una ñoñería que a estas alturas del conocimiento humano; de conocer España, de saber a qué dedican sus afanes nuestros políticos una vez que ya han terminado de ponerse (¡manda cojones! a su gusto y egoísmo) el sueldo que les apetece, entonces nos digan que ellos se van a poner un lacico negro, porque les da mucha penica que se mueran a capazos la gente vieja como consecuencia que lo primero son los eruros.

Y se han ganado y se siguen ganando muchos euros por empresas extrañas a España con las subvenciones que llevan el titulo para atender a los viejos y se marchan las partidas económicas a los paraísos fiscales a las cuentas de las multinacionales amigas.

España, los españoles, somos los europeos que más subvenciones damos a empresas extranjeras, empezando por el clero y terminando porque soportamos el mayor número de gandules en política de toda Europa, y probablemente del mundo.

Eso sí, con título de señoría, señor, o asesor.

Eladio Palmis
Colaborador
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