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Mié. Abr 8th, 2020
Patio de la Casa Dorda. Cartagena. Aniceto Valverde

Patio de la Casa Dorda. Cartagena. Aniceto Valverde

El Carnaval y la mascarada política, opinión de Aniceto Valverde

La ciudad es como una persona, late, bulle. Como ser vivo palpita con las sensaciones que nos hacen temblar a los humanos: con el amor, la ternura, la pasión y también -por qué no decirlo- con la indignación por todo lo que haría falta hacer para mejorar o simplemente dignificar.

 

La historia de la ciudad es como la vida de una persona, siguiendo la idea de Ortega y Gasset, quien no en vano está considerado como miembro de la Escuela del Novecentismo.

 

Su infancia es la Edad Antigua, cuyos vestigios arqueológicos pueblan el subsuelo de nuestra ciudad. Muchos han visto la luz y resplandecen; otros aún están a medio camino entre la tierra y el cielo. La fiesta que conmemora aquella primera edad es la de los Cartagineses y Romanos.

 

De la misma forma, la Semana Santa es el espíritu barroco, manierista, la exageración para exaltación del drama, de la representación de la Pasión de Jesucristo, apta como manifestación artística para quien o quienes gusten.

 

Todo tiene su forma, su cauce para ser expresado y puede que hasta su época del año para ser conmemorado. Los escritores de estas crónicas entre, si cabe, literarias y periodísticas, nos debemos a la esclavitud del calendario, de las calendas. Ya lo decía Manuel Vicent: “Una columna de periódico debe ser el reloj de arena que filtre el deseo que el lector experimentará mañana [hoy día con redes sociales de por medio puede ser eso: el deseo de hoy mismo]”.

 

El Carnaval es la ciudad modernista. La ciudad alegre y burguesa. La mascarada que encubre la cotidianeidad no para obviar los problemas, sino para exorcizarlos haciéndoles burla de alguna manera. El Carnaval son esos edificios disfrazados. Las casitas como de cuento que inspiró Gaudí. El Arte Nuevo que nos trajeron aquí Pedro Cerdán. Víctor Beltrí y Tomás Rico Valarino. Wssel de Guimbarda, en lo que a la pintura se refiere. Edificios de fantasía como las casas Pedreño, Cervantes o Maestre. Los balcones o miradores con forma de antifaces. La vegetación petrificada en balaustradas y forjados. Los dioses estampados en cerámica en las fachadas o vitrificados en multicolores vidrieras.  El estallido de los sentidos, el imperio de las sensaciones. Y todo ello en una época de desarrollo técnico y del espíritu emprendedor y comercial. Los puestos de flores que hubo en la Glorieta de San Francisco. O los establecimientos que debió haber también en el Pasaje Conesa. El Café Imperial y la Confitería Royal. Y junto a ello la creación, en 1883, de la Escuela de Capataces de Minas y Conductores Maquinistas, con sede en la Real Sociedad Económica de Amigos del País. La inauguración, con discurso de Unamuno, en 1903, de las primeras Escuelas Graduadas de España. Y tantas y tantas cosas así.

Lamentablemente, debo acabar diciendo, sin perjuicio del Carnaval, que la verdadera mascarada o farsa la protagonizan algunos políticos que, tras años de haber podido poner algún remedio o al menos parche, exhiben ahora –corpore in sepulto- un S.O.S. MAR MENOR que tendría gracia de no ser tan cínico como hacer desaparecer para siempre el patio modernista arabesco de la Casa Dorda que ilustra estas torpes líneas.

 

Aniceto Valverde

 

 

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