El deseo tipo C
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Carpe Diem

I

Deben darse cuatro requisitos que, en realidad, son la presencia en el relato de esas personas o, más bien personajes, pues uno de ellos -al menos- no es humano o lo más probable es que no lo sea, pues cuentan las leyendas que son capaces de vivir durante larguísimos años en el seno o interior de objetos tales como tinajas o lámparas de aceite. Se trata del Genio que, como todo el mundo sabe, puede ser bueno o malo.

II

Raisad era un joven pícaro que solía robar frutas y sobre todo manzanas en el mercado de Bagdad. Todo el mundo ha visto películas en las que se le ve corriendo de tejado en tejado para evitar que la Guardia Real le prendiese; en la que, sin embargo, tenía un amigo o pariente como primo o algo así, que en esto no se ponen de acuerdo las fuentes. Pero lo que más importa reseñar ahora es la afición -casi adicción- de que los habitan tienen por las manzanas

Al buen amigo del pícaro Raisad le gustaba que éste le acompañase en sus devaneos nocturnos pues ambos era bien parecidos, escasos de crédito y estaban enamorados de sendas jóvenes que elevaban sus cánticos de historias de romances a la vera del río mientras ellos las halagaban tanto como sus torpes palabras les permitían. Hasta que la Guardia Real diese voz de alarma y se acabase la fiesta, por aquella noche y en aquel lugar.

III

Cerca del paraje donde se hallaban los amigos y, más o menos hacia la misma hora, la medianoche, el Gran Visir Reptiril se entrevistaba en la oquedad de una roca lindera con los pasadizos secretos del Palacio Real, llena hasta los topes de manzanas, con el famoso personaje Alí Babá.

  • El leguleyo está haciendo bien su trabajo.
  • Todo es cosa del propietario -argumentó Alí-; bien se le manda una visita de cortesía que otra más expresiva de lo que puede pasarle si se niega por las buenas, ja, ja, ja. Y no son tontos: las cosas diplomáticamente, al menos conmigo, mejor.

El Gran Visir Reptiril (cuyo nombre hubiera sonado a diurético en nuestros tiempos tiempos) asintió y añadió:

  • Si hoy tiene alguien en Bagdad una manzana podrida, ja, ja, ja, tiene un tesoro y tú mañana mismo, querido Alí, serás el dueño de la ciudad. Todos sus habitantes son adictos a ellas de tanto que gustan; pagarán lo que les pidas y tú, por tu parte, comprarás la fidelidad de todo el Ejército, incluida la Guardia Real a la que sumarás a tus cuarenta hombres en un banquete que tardará siglos en olvidarse.

Una afortunada causalidad hizo que los jóvenes, al volver de sus devaneos por el camino Sur, escucharan la conversación, averiguasen el porqué de la falta de manzanas en Bagdad y se hicieran con un buen puñado de ellas, dándole muchas vueltas al tema. “¿Cómo era la «password» de la puerta?”, se preguntaban una y otra vez los muchachos.

  • Ah, dijo por fin Raisad, «Ábrete Sésamo». Y la puerta de la caverna se abrió. Cómo podían haber estado tan despistados.

Ignoro si la contraseña aceptaba «reseteo», pero si ello hubiera sido así, la nueva prevención hubiera sido Sherezade y Jazmine.

 

IV

Inexplicablemente, tras lo ocurrido la noche anterior, el rapazuelo Raisad durmió hasta tarde. Bueno, se despertó avanzada la mañana en lo que él creía sueño.

En él un viejo chatarrero y mantero le ofrecía su mercancía. Al decirle el muchacho que carecía de dinero o cualquier cosa de valor con que pagarle (se olvidó de la rama de manzanas que tenía de la noche anterior), el mercader le dijo:

“Quédate con éstas. Pronto nos veremos de nuevo.” Y le tendió una alfombra y una lámpara de aceite. “Toma, más pronto que tarde tendrás la ocasión de devolverme su valor multiplicado.

El muchacho le dio las gracias porque así lo sentía y además carecía de cualquiera de ambos enseres. Aunque no entendiera la generosidad del mercader mi su augurio de volver a verse pronto.

Casualmente llamaron a la puerta de nuevo y se trataba del amigo de Raisad de la Guardia Real. Cuándo éste vio la alfombra y quiso extenderla sobre el suelo ésta parecía desobedecer y negarse a yacer sobre su superficie ondulando sobre la misma. Raisad recordó que su abuelo le contaba de la existencia de alfombras voladoras. En efecto, su amigo se sentó sobre ella y levantó el vuelo trazando círculos sobre la habitación hasta que el muchacho consiguió que se desplazara hacia donde quisiera según la posición de sus rodillas, como planeando en el aire sobre la misteriosa alfombra.

Pero no acabaron ahí la sorpresas pues Raisad cogió entre sus manos la lámpara de aceite y, ya puestos a soñar recordando las historias de su abuelo, la frotó tres veces, que es  -como todo el mundo sabe- la manera de despertar a un genio de una lámpara maravillosa. Y he aquí que así ocurrió. Como también es notorio, los genios ofrecen a sus libertadores uno o más deseos. En este caso la generosidad iba a llegar al límite. El genio ofreció tres posibilidades a Raisad, como sí éste fuera un opositor obligado a elegir una de las alternativas propuestas en un examen. A saber:

  • Llenarle la habitación de oro.
  • Convertirlo en el sultán del reino. Y
  • Resultar encantador a las personas mayores.

Ante la atónita mirada de su amigo, Raisad se quedó con el tercero de los deseos concedido.

V

El rapazuelo dijo: “Corre, coge esas manzanas y subamos a la alfombra voladora”.

Recorrieron a toda pastilla el cielo de Bagdad. La gente alucinaba. Pero más que por otra cosa, por el ramo de manzanas que portaba Raisad mientras su amigo ‘conducía’ la alfombra.

  • Tú directo al Palacio Real.
  • Nos cortarán la cabeza, amigo.
  • Por favor, haz lo que te digo. Mira, entra por esa ventana; casi imploraba Raisad.
  • No tendrán piedad de nosotros. Es la Antesala del Salón del Trono del Sultán.

Pero hizo lo que Raisad le pidió.

VI

Vinieron a topar con las enormes puertas cerradas y sus fornidos guardianes. Pero Raisad comenzó a lanzar manzanas y éstos dejaron franca la puerta del Salón donde estaban, aparte de más guardianes, el propio Sultán que era un venerable anciano, y Sherezade y Jazmine, ambas prácticamente en estado de shock.

-Prenderlos, dijo el Jefe de la Guardia. Pero, inopinadamente, el Sultán se levantó de su trono y ordenó que les dejaran libres junto a él y las muchachas. Loado sea el Altísimo, el Genio no era un farsante y, en efecto, la presencia del joven Raisad era irresistible para los ancianos:

-“Majestad quisiera de vuestra infinita bondad, me fuera concedida la mano de vuestra hija Sherezade. Mi amigo y padrino inundará Bagdad de manzanas como prenda y a su mayor gloria y magnanimidad.

-“Me haces sentir muy feliz ¿cómo has dicho que te llamas?… Ah, Raisad. Pues bien, muchacho, se hará como pides… Los esponsales quedarán listos a la mayor brevedad”. Terminó diciendo el Sultán incluso mientras masticaba una de las jugosas manzanas…

Autor: Aniceto Valverde.

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