El Gallo”, fotografía restaurada del autor que data de 1985
"El Gallo”, fotografía restaurada del autor que data de 1985

 

Estamos en 1996 y “El Gallo” de la zapatería y distribuidora de películas de don José Gironés Castelló ha vuelto a ser robado por segunda vez. Se encontraba en su lugar, majestuoso, entre las calles del Duque y Caridad. Recordemos que fue fabricado en zinc en la ciudad alemana de Baviera y traído a la ciudad por algunos de sus comerciantes. Se ofrece una recompensa por su recuperación. Como era también -curiosamente- distribuidor de películas, no nos será difícil imaginar ésta.


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Ginesillo Rojas es el dependiente poeta de la Corsetería-Ortopedia “La Cruz Roja” (la de aquel entonces). Como ilustre prócer de las letras locales es también investigador literario. Después de haberle dedicado el famoso poema “El Gallo de zinc canta en latín”, llevaba un tiempo imaginando un argumento sobre la desaparición del “Gallo”. Una ficción, pero a veces ésta se convierte en realidad y él era capaz de dar con la prestigiosa pieza y devolverla en loor de multitudes y, de paso, hacerse con una recompensa que, desde luego, no le vendría económicamente nada mal.

 

En principio, no obstante, se venía trayendo y llevando una historia en la cabeza más producto de la pena de no verlo en su sitio en sus paseos por la ciudad no siempre por placer, sino al ir de un lado para otro por su trabajo repartiendo fajas y demás prendas tanto ortopédicas como íntimas, deprisa pero intentando percibir las variaciones en la urbe, los matices, los olores y sonidos, las mezclas de la gentes, como Ginesillo solía decir: “En ellas encuentro mi inspiración.”

 

Una organización criminal habría decido secuestrar al “Gallo”. Y él no quería frivolizar sobre este tema. Me lo contaba a mí, su amiga Amaya. Pero quién te dice a ti que no pudiera ser cierto y una banda delictiva hubiera perpetrado este atentado contra la propia Cartagena al ser una de sus señas de identidad…

 

Entonces él, Ginesillo, no ya en su faceta de investigador literario, sino también propiamente en detective, hubiera estado rastreando la pista que le condujera al “Gallo” por medio mundo. Él, Ginesillo, que nunca había salido de la Ciudad, tomando trenes y aviones por todo el mundo, iniciando su periplo desde su Baviera natal -la del “Gallo- por si los alemanes hubieran intentado rescatarlo para sí, para su deleite y de paso joder un poco a los cartageneros que durante el Cantón casi llegaron a declarar la guerra a Alemania, pero el declinar de la aventura federalista les dio por pensar que no era conveniente.

Pero la solución al enigma estaba más cerca de lo que parecía.

 

Me da a mí la impresión de que, al ser tan difícil su tránsito y posterior venta, el “Gallo”, para pena de Ginesillo, de su historia y de los versos que hubiera podido escribir, hubiera sido robado como una gamberrada más de algunos incívicos que también los hay, y yaciese en el vertedero de una rambla de las que conducen al Mar Menor y con el paso del tiempo, desde 1996 en que desapareciera, haya terminado por ser un contaminante más de la laguna salada de los muchos que sin piedad se han vertido en ella.

 

Aniceto Valverde

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