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Carpe Diem

Si no fuera porque ir a la escuela en la cortijá murciana es una odisea de riesgo mucho mayor que caminar por los cables de los teleféricos que por su impagable gestión, van a hacer colocar la Trinca en Cartagena para visitar las ruinas y lagartijas en sus montes, volvería a la escuela a que me enseñaran a sumar.

O mejor y más práctico y efectivo quizás sería ir a ese organismo ubicado en Cartagena, solo multiplicador del espacio terrestre del Dominio Portuario hasta hacerlo llegar hasta Albacete, pero que directamente por su mala gestión, la ciudad, la región, España en general, ha dejado de ingresar por la vía de los tinglados del puerto de Cartagena, probablemente más de trescientos millones de euros anuales en aranceles.

Cartagena, su puerto, que antes que lo abrazara de un modo bendito la derechona murciana con su abrazo gestor y generador de limosnas y mamoneos, era el puerto de referencia europeo (y casi mundial) en la comercialización del limón y la naranja. Y esta campaña, sin ir más lejos, con analizar el movimiento portuario de cítricos en Cartagena, ya tiene uno una idea de por qué se gastan tanto desde el Puerto en publicitarse en los medios afines de qué son cojonudos; y como no han sabido mantener el listón de lo que debe de ser un puerto comercial, se han metido a albañiles despilfarradores del dinero público.

Y aunque sus mandamases políticos sean gente de la que ellos se intitulan creyentes, es difícil de creer que si tu facturas al año poco más de cincuenta millones de euros, en tres años, como han publicitado, aderezando, como siempre, con especias la publicación, puedas salvarnos la “economía murciana”, invirtiendo doscientos millones en los citados tres años; porque tres por cincuenta, son ciento cincuenta millones, y no veo a la llamada pomposamente autoridad portuaria y a todo su consejo de obras y pavimentos varios, trabajando de jornaleros para emparejar la burrada de diferencial económico de lo que de un modo alegre se anuncia sin base ni fundamento.

Como hay mala leche, y si protestas te ahogan con agua bendita, los profesionales de la importación de cítricos, cansados de controles portuarios, de los que ellos denominan fitosanitarios, inexistentes en Europa, bajo la falacia de que el Puerto de Cartagena quieren proteger el limón murciano, español, que, para el otoño no suele quedar ni uno en los árboles, y, para ese mes y en adelante hay que traerlo del otro hemisferio, y a la inversa con la naranja, los números están ahí, y la gestión del Puerto de Cartagena también está ahí: arrancando obra nueva, destruyendo recursos, por fuera de atender lo que es su obligación: que es el Puerto y su comercio.

De unos años para esta parte, el Puerto de Cartagena, en manos de una derechona murciana que suele orinar colonia, se ha convertido en un espacio raro, que tiene los cantiles del puerto siempre vacios, sin barcos. Y claro no voy a compararlo con Rotterdam, por ejemplo, que recibe más de treinta mil buques anuales y, encima, genera electricidad eólica para la ciudad; pero por el hecho del estado de suciedad reinante de las aguas y los fondos marinos del Puerto de Cartagena, por su mala administración de los recursos, que no son ni para hacer trazados ferroviario ni paseos urbanos, ni calles carreteras, desde estos renglones pido el cese inmediato desde el Gobierno Central, de todo los mandamases políticos de la llamada pomposamente Autoridad Portuaria, previa revisión de cuentas de explotación por una empresa independiente, a ser posible de fuera de España.

Porque Cartagena, que se traga en primera fila los inconvenientes que puede tener como puerto abierto a la mar, los posibles beneficios no solo es que no los ve, sino que ya no tenemos apenas ni movimiento portuario de agrios y frutas, porque se han ido a otros puertos.

Solo lo que ningún puerto quiere: animales vivos, en espera de alguna plaga de origen animal.

Eladio Palmis
Colaborador
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