Ramón Galindo
Ramón Galindo
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Y con esto poco a poco llegó a España la epidemia ¿Y no nos estamos dando cuenta de qué?. Epidemia, según el diccionario es: “Cuando una enfermedad ataca al mismo tiempo y en el mismo lugar, a un gran número de personas o animales”. Ósea, teniendo en cuenta que somos 47.000.396 habitantes y que se han confirmado 70 casos -y cero muertos- del coronavirus, un 0,00000149% de personas infectadas en España en el último mes.


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Y si resulta que en 2.019 en nuestro país hubieron 523.500 casos de gripe común, y haciendo las correspondientes y proporcionales cuentas, al mes fueron afectados el 0,00092773 de la población, con el agravante de 6.300 fallecidos en el mismo año (525 de media mensual); por accidentes de tráfico, en lo que las Autoridades consideraron un buen año  -por su tendencia a la baja- tuvimos 1.188 muertos (99 de media mensual).

Esto, por ahora, y espero que así sea, me recuerda al origen de la palabra en inglés “OK”. El okey tuvo su origen en una pizarra que durante la Guerra de Secesión en los hospitales de campaña, colocaban los americanos para diariamente apuntar el número de heridos y muertos en combate. En ella dibujaban unos recuadros a modo estadístico donde con acrónimos representaban las bajas, correspondiendo la primera abreviatura al número y la segunda al resultado de muertos (Killed, en inglés) por lo que el día que no había muertos, se anotaba “0-K” (cero muertos) lo que quería decir que todo estaba bien.

Por tanto en España a día de hoy, en coronavirus tenemos un “OK”. No podemos decir lo mismo de otras epidemias endémicas que recorren la piel de toro y que silenciosamente se llevan “p’alante” a otras muchas personas, tantas que en vez de invertir en investigación científica, hasta incluso están pensando en legalizar la eutanasia, para el agilizarles “el viaje” de un puntillazo a todo el que no tenga remedio.

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Toda esta polémica de la eutanasia, surgió a raíz del mediático caso de Ramón Sanpedro, que se llevó al cine en la película “mar adentro” la historia de un marino, que aunque plenamente consciente, un accidente lo había dejado tetrapléjico, con la diferencia de que eso no fue eutanasia, fue un suicidio asistido. Por ello no vamos a tener que dar a la clase médica una impune “licencia para matar” a aquellos que no puedan valerse por si mismos ¡Paguen o no la seguridad social de sus asistentes!

Al mismo tiempo que escribo estas letras y consulto cifras y estadísticas, no me he parado en ojear los fallecidos por causas del tabaco, por eso espero, que por un puro a la semana, estadísticamente me encuentre muy alejado del grupo de riesgo, aunque para morir sólo hay que cumplir una condición, que es ¡Estar vivo! Y como de costumbre, entre los humos del “canario” y los aromas del café, sirva este escrito, para a vuestra salud y en perjuicio de la mía, os lo dedique y aproveche para enviar un fuerte abrazo a amigos y familiares.

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