Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Llevo varios días intentando encontrar, hasta hoy sin éxito, una ventanilla española que sea la responsable de controlar empresas como la dueña de Facebook España, que me ha cerrado mi cuenta porque según su español saber y entender, la portada de mi libro de arriba, al que he vestido tal y como la moralina ordena y manda, que representa una esclava encueros, textualmente, con demócrata tuteo, me indica que: “ Tu publicación infringe nuestras Normas comunitarias…”.

Ni qué decir tiene que el libro, previo a ser publicado aquí en España, donde está comiendo su ración correspondiente Facebook España, ha pasado todos: había pasado, lleva publicado varios años, todos los controles españoles específicos para la publicación en mi país, que no son los EE.UU., creo. Y el motivo de subirlo dos días atrás a la red no fue ni más menos que ofrecerlo gratuitamente a cualquiera que quisiera leerlo.

El publicitado, aplaudido por algunos como salvador de occidente, imperio romano, un imperio de espada y lanza, causante en la Ibérica de un despoblamiento masivo de ibéricos; de desarrollar un política económica basada en la venta y explotación de esclavos, nos dejó como solaje al clero trinitario vaticano, que de no ser por los llamados Protestantes, nos tendría a países como el nuestro tal y como les gusta a ellos y les gustaba a sus imperiales próceres romanos.

Y del gusto y aplauso del llamado imperio romano, fue la construcción de grandes edificios para jolgorios; carreteras para que las tropas, generalmente mercenarias esclavas, pudieran caminar con sus sandalias y acudir con sus espadas y lanzas a solucionar o darle cultura a una zona.

Y no, no estoy hablando de los EE.UU. actuales. Estoy escribiendo de un tiempo pretérito, que dejó un solaje que nos desfiguró la crónica, la Historia, y lo apañó todo con la fabula, la mentira y la desinformación. Y que ahora, en plena pandemia, la aportación que se conoce es que ha recomendado que sus fieles no vean la tele en pijama.

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Será fruto de las aportaciones históricas modernas, recogías en flecos que dejan sueltos, más que les pese, a los medios al servicio de los poderosos, cuando le vamos perdiendo el miedo a la palabra comunista; porque la esperanza de la Humanidad descansa precisamente en su formas de organización estatal, como puede ser la sanidad universal, que nada tienen que ver con las clases elitistas que desde el citado imperio romano hasta ahora por manos de sus solajes, nos han logrado imponer.

Puede que Cartagena sea una ciudad donde se puede palpar tristemente con toda intensidad esta política de clases, que ha permitido que dos hospitales públicos se dejen derruir, con el silencio cómplice de gentes y partidos políticos, en beneficio de un servicio que llaman público, cuyos clientes principales son los que deberían ser atendido en los servicios públicos; pero los amichis son los amichis, y por ellos ha apostado la sanidad murciana, indiferente a nada que no sea el negocio.

A diferencia de lo que pasó en las dos grandes guerras mundiales y en los genocidios que se han ocultado, sería deseable que la sociedad resultante de esta pandemia tuviera mucho en cuenta lo que vale.

Eladio Palmis
Colaborador
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