"El paciente de los yogures", de Aniceto Valverde
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Nota del Autor:
He ido escribiendo estos relatos (o lo que sean) a base de las notas tomadas durante la larga convalecencia de mi padre, Aniceto Valverde Martínez, recientemente fallecido. Quiero decir que, aunque puedan contener ciertos detalles reales, son en su mayor parte producto de mi imaginación. Es decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Quiero añadir, además, que si sigo publicándolos es por expreso deseo de mi padre que descansa ya en paz.

 

EL PACIENTE DE LOS YOGURES


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Con un gesto como simiesco te la esgrimía en todo el morro y con todo el morro del mundo por su parte. Era una empanadilla que sostenía en su mano con cuyo reverso golpeaba tu hombro. Estaban terminando de asear a los pacientes y por eso estabais en la puerta de la habitación 1.025-B que permanecía cerrada por el trabajo de los auxiliares y las enfermeras.

– ¿Qué si se la puedes dar a mi primo? -te decía usando un tuteo infamante que te hizo pensar, por un momento, aquello que afirmaba tu pobre madre refiriéndose a esas confianzas que se adquieren dudosamente: “¿De cuándo hemos comido Ud. y yo en el mismo plato?”

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Pero no se lo dijiste por educación y porque entonces entró el Dr. Linares en la habitación saludando cordialmente.

– Sra. que yo no le puedo dar a su familiar nada de fuera de aquí del hospital. Y si le pasa algo… Déjeme que el Dr. viene a ver a mi tío y me tengo que enterar de lo que le diga -alegaste en tu defensa, literalmente, tú.

La Sra. se resignó a perder parte de su valioso tiempo para darle la famosa empanadilla a su primo, según pudiste ver con el rabillo del ojo mientras escuchabas las indicaciones del Dr. Linares, aunque éste, a diferencia de la prima, no era particularmente explícito pero sí riguroso.

– Nada que aumentamos un poco el Pimpimpín porque la tensión la tiene bien y a funcionar que espero verle mejor -prescribió más que habló el médico que acto seguido quiso atender al vecino de la prima de la empanadilla. Pero como ésta ya había desaparecido se limitó a echarle un ojo, levantó un poco la sábana que lo cubría por la zona del pecho y se marchó sin decir nada. Qué iba a hacer.

Pasaron un par de días sin que nadie apareciera ni a darle una empanadilla al pobre hombre, que además parecía padecer algún tipo de demencia. Sólo decía y repetía algo apenas ininteligible como “tú eres” en inglés, o sea pronunciado yoourt. Pobretico.

El día que hacía miércoles, volvió la prima pero sin empanadillas: “Mira, Rogelio [nombre supuesto] a quién te traigo. Si es el primo Juan que te va a afeitar.” El tal Juan cogió la palangana a modo de bacia de barbero como la de don Quijote, pero la equivocada, o sea la que correspondía a mi pobre tío. Nuevamente le llamé la atención a la Sra. prima. “¿No ve Ud. que pone ahí el número dos? Pues es la palangana del paciente de la habitación 1.025 en la que estamos número 2, o sea, mi familiar. La del suyo es la número 1. Lo ve que pone los números en la pared.” El odio que ya te tenía no podía ser mayor. Pero tú seguiste vigilándola después de un afeitado en que lo pusieron todo hecho un asco, cuarto de baño incluido, y por ello te diste cuenta de que le intentó dar el yogur que le habían traído con el desayuno; un danone de fresa que el paciente se negaba a tomar y decía blanco, blanco, mientras que el de mi tío era natural, que no se lo comía nunca. Ah, pardiez, ya supiste lo que el pobre hombre pedía: ni más ni menos que eso yogures naturales. Así que apartando de ti el resentimiento frente a la prima, le ofreciste el que tenías que no se comía tu tío.

– Pero ¿se lo puede dar Ud. que nosotros tenemos mucha prisa?

El viernes siguiente le iban a dar el alta al pobre Rogelio. Pero no tenía a nadie y ni siquiera habían dejado teléfono de contacto alguno. Si es que hay gente pá tó, pensaste. De este modo se tuvo que quedar el fin de semana en el Hospital. Eso sí, dándole tú los yogures naturales que no se comía tu tío ni, por supuesto, su prima.

 

Aniceto Valverde Conesa

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