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jue. Ago 22nd, 2019
Remos y berberechos

Remos y berberechos

Lágrimas del Mar Menor (III), “Remos y berberechos”

Aniceto Valverde nos envía la III parte de su relato basado en experiencias vividas en el Mar Menor

REMOS Y BERBERECHOS

Otro día Miguel debía estar también aburrido así que, vía Julián, me mandó recado para que nos viéramos.
En la playa había una residencia veraniega para disminuidos psíquicos. Y aunque Julián estaba ingresado en ella, gozaba como yo de la protección de Miguel y su familia, lo que le permitía pasar ratos fuera con aquél y, en ocasiones, conmigo.

A la Bego -que era ya mi novia- no le gustaban esas escapadas mías con Miguel. Y ya cuando veía a Julián ponía mala cara. Pero, la verdad sea dicha, comprendía que no podía decir que no.

Cuando llegué a la orilla delante de la casa de mi primo (segundo) Miguel, me lo encontré con una barca de madera, una pequeña pesquera de las de entonces, hace cuarenta y tantos años, varada en la arena. “Hoy vamos a hacer un viaje.”, dijo, “Nos vamos a la Isla del Barón”. Y yo miraba y no veía motor alguno para impulsar la barca. Él se dio cuenta. “Vamos a ir a remo”, precisó. “Y ¿podremos?”. “Que sí hombre, que sí, tú ya sabes remar”.

En esto, como en la vida misma, no hay que meter la pala a lo bestia, sino acariciar la mar como se hace con el reverso de los dedos la cara o se mesan los cabellos de una mujer cuando se le va a dar un beso de amor.

Miguel empujó la barca. Yo puse los remos en los escálamos (los palos verticales sobre los que, mediante una cuerda, pivotan aquéllos).

Él la había alquilado, así que me sentí en la obligación de comenzar a bogar, lo que hice con notable éxito. Metía las palas o extremos de los remos lo justo como para navegar de esta forma. Yo hice casi todo el viaje de ida, aunque Miguel me relevó cuando estábamos ya a unas millas de la costa.

Llegamos a la Isla del Barón algo más tarde del medio día. Nos bañamos a placer y, cuando nos entró hambre, nos hinchamos a berberechos, almejas y a gajos de caracolas. Qué sabor a mar. Años más tarde y en una ciudad del Sur probé estos manjares acompañados de un vino que llaman del Torito, una mezcla de vinos fino de Chiclana y dulce de Moriles…

Echamos una pequeña siesta un decidimos que había llegado la hora del retorno. De nuevo comencé yo a remar hasta que, pasada aproximadamente una hora, empecé a sentir que mis brazos eran como de plomo y la espalda me iba a estallar. Miguel se dio cuenta. “Anda, déjalo ya. Yo sigo”. Me tumbé, hecho polvo como estaba en la bañera o panza. De vez en cuando asomaba la cabeza por la amura de proa del esquife. Cada vez veía más lejos la orilla. Y Miguel se descojonaba de verme así. Pensé que no llegaríamos ni a la segunda sesión del cine de verano.

Hace como unos tres o cuatro años, un pariente muy cercano y querido por mí, al que la tierra le sea leve, empezó a encontrar caracolas como aquéllas en la orilla del Mar Menor. Se empeñó en comérselas. Yo le dije que no lo hiciera. Pero él -cabezón como el solo (al menos conseguí que las hirviera un poco para depurarlas) no dejó de hacerlo. Pero el Mar Menor ya no era el mismo y si, años antes Miguel y yo podíamos comérnoslas crudas y disfrutarlas, a él le entró una diarrea de órdago…
Nos lo hemos cargado. Hemos convertido -incluso a sabiendas- el Mar Menor en una ciénaga. Esto no tiene más perdón que el de regenerarlo por todos los medios.

Ah!, sí que llegamos al cine. Begoña me perdonó como uno no perdona a los responsables de este desaguisado.

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