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jue. Ago 22nd, 2019
"Del aguador al tapicero" Fotografís de Aniceto Valverde

"Del aguador al camión del tapicero" Fotografía de Aniceto Valverde

LÁGRIMAS DEL MAR MENOR ( V ) “Del aguador al camión del tapicero”

Una nueva entrada de la serie de relatos cortos de Aniceto Valverde sobre el Mar Menor

Uno no guarda memoria de cuando, según dicen, la transportaban a lomos de mula, vieja o joven. Recuerdo una voz y un traqueteo de motor que se iban haciendo más fuertes, más potentes, conforme se acercaba por la calle asfaltada de hormigón a la puerta trasera de la barraca compartida entre las dos familias. “El aguador”; “El aguador”…  Y el ruido del motor de un vehículo al que llaman dumper o pequeña excavadora a la que se había eliminado la pala y fundido, soldado, una cisterna. Todos teníamos que salir corriendo a ponernos en la cola con todas la vasijas, barreños, botellas y todo cuanto pudiera albergar agua potable: En la playa no había ni red de saneamiento ni de agua potable. Para eso venía el aguador: la estampa parecía sacada de un documental sobre cualquiera los países del Tercer Mundo o campos de refugiados a que tan acostumbrados estamos desde hace siglos y hasta el momento presente. Parece que hemos avanzado poco en la situación en general y, sobre todo, en la ribera con el Mar Menor la que, por el contrario, ha empeorado.

Después venía la furgoneta DKW del tendero. No había supermercados. Y él tenía de todo; de todo a lo que podíamos aspirar en aquellos momentos, incluyendo el papel higiénico El Elefante (omito para no ser escatológico o soez el pareado que se formaba al hilo de la marca).

Si en aquel tiempo hubiera habido vendedores árabes o musulmanes, ya no hubiera hecho falta Espacio Mediterráneo alguno. Lo cierto es que éramos pobres, pero nosotros estábamos felices en la Playa, lo que ya era un lujo, y no como los Icues de la ciudad; o, por el contrario, de los potentados de los balnearios.

Evidentemente, estos personajes fueron desapareciendo con el tiempo.  Se construyó la red de aguas y fueron abriendo supermercados, aunque el vendedor de la furgoneta seguía reclamándonos.

El Afilador, que, no obstante lo anterior, era y es de todos los tiempos, y que hacía sonar su silbato (quizás pudiera llamársele flauta de Pan). Decía: “El afilador, afila cuchillos, tijeras (creo que el término navajas ha desaparecido).. y toda clase de objetos cortantes”. Al principio aprovechaba la energía de su propia bicicleta para hacer girar la piedra de amolar. Luego subió en el escalafón y ya era la fuerza de una motocicleta, mediante lo que podríamos llamar una correa de transmisión la que movía el invento. Hace poco tiempo he vuelto a escuchar el silbido de su reclamo: Piribirí piribirí joh, joh, joh.  Recuerdo que llevaba (o tal vez siga llevando) un paraguas del que, para convencer a sus clientes de la bondad, de la eficacia de su trabajo, cortaba un trozo de su tela pues ese tejido es fino y escurridizo y difícil de manejar en este sentido. No sé cuántos paraguas llevaría.

“Ajos gordos y coloraos…” decía otra voz matutina. “Ajos gordos y coloraos… dos kilos veinte duros.”

Pero la tecnología avanzaba. La publicidad ya llegaba del cielo. Al principio las avionetas lanzaban muñecos en paracaídas que eran una auténtica maravilla. Luego vinieron las disputas por los balones de un plástico malísimo de la marca “Nivea”. Hala, todo dios al agua a pillar uno. Somos la leche…

Hubo y tal vez siga habiendo, una voz que cada vez se hizo más masculina: “Gran programa doble…A las 9 (o antes según avanzaba el verano) en el cine…”

“Ha llegado el Richar, el de todos los años. El melocotón murciano, el melocotón de Cieza. Tres kilos cinco euros (ha subido el precio). El auténtico melocotón. Ha venido el Richar…” y así seguía y sigue actualmente.

“Atención señora (lo dice la voz) ha llegado a esta localidad el camión del Tapicero. Tapizamos toda clase de muebles, descalzadoras, sofás de piel, escay, kurpiel. Y nuestra especialidad en discotecas. Acérquese y comprobará que hacemos grandes descuentos. El Tapicero amigo recoge el trabajo a domicilio y se lo entrega a domicilio…”

No sé cuántos camiones de tapiceros habrá. Parece la misma voz. Pero creo tener constancia de que estaba en varios sitios a la vez. Claro, que puede ser una voz grabada.

De cachondeo y en no pocas ocasiones, cuando en la publicidad electoral se usaba mucho más la megafonía instalada en los automóviles, yo les decía a mis amigos: “Si se presentara el tío del camión del tapicero, yo le votaba”. Pero era una broma.

Sin embargo, hoy día sí que le otorgaría mi representación política si fuera capaz de:

Tapizar las playas del Mar Menor de arena fina, y

el agua de manantial salino.

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