Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Carpe Diem

Diciendo la verdad del barquero (las guapas no pagan. Las feas el doble), la reacción de la mediocridad abundante es, como primera medida, no leerte, y mandarte donde fríen los carajos sin aceite. Pero, cuando se da la circunstancia, mi caso, de que todo cuanto escribo va a fondo perdido, porque va a una sociedad hipotecada, la cartagenera, uno no entra en desánimo.

Es imposible que una gente, que una ciudadanía tenga a metros de su vivienda un factor de suelos contaminados, generadores de graves enfermedades, y no solo es que no hacen nada; sino que a los encargados de hacerlo, los piropean, los babosean, con la esperanza de que con su peloteo los incorpore en ese ejército de funcionarios enchufados municipales o de la cortijá, sueño dorado laboral de la inmensa mayoría cartagenera.

Pero claro; si una ciudad, si una gente, no reacciona en defender la salud de sus niños, de sus hijos, qué coño se puede esperar de ella. Pues eso, lo que estamos viendo, que la cobardía social se está comiendo a la ciudad por las patas y la está dejando desértica laboral y socialmente.

Como estos renglones van camino del internet, y el internet las fronteras que tiene son escasas, con la esperanza que mis palabras salgan de esta ciénaga infectada que es el caserío de Cartagena, escribo todo esto, después que ayer, con mi amigo el científico Matías Peña, que por decir la verdad está en la lista negra de cartageneros a quemar en la hoguera inquisitorial donde arden los que no somos pelotilleros ni le sonreímos a la inválidos políticos que en su normalidad habitual del cargo está el robar y el ocultar cifrar y datos, nos volvimos a tropezar con alcantarillados a cielo abierto, que van a parar al puerto, que es el morir de las correntías contaminadas en Cartagena; pero antes de morir en la mar, tal como ocurría en las ciudades medievales, pero que se corrigió pronto, porque no eran tan burrancos como nosotros, contaminan por donde pasan, entre aplausos ciudadanos.

Suelos que llevamos veinte años peleando por que se descontaminen; y nadie, ni sindicatos, ni políticos, ni fiscalía, ni vecinos; absolutamente nadie los tiene en cuenta en su peligrosidad, porque el sistema que lo protege es tan irracional como el propio comportamiento de una ciudad que está aplaudiendo a diario su derrota social, y solo sabe llorar y echarle la culpa de todo a Murcia; pero sin pasarse mucho no vayan a señalarlo con el dedo murciano y alguno de los suyos no pueda entrar a ir a trabajar a la olla grande.

Insisto, porque se escapa a mi entendimiento, cómo la ciudadanía cartagenera en vez de llorar, de manos de los dirigentes sociales, no ha salida ya a la calle, y, a la vista de lo que se ve, no toma medidas serias y a los culpables no los ubica en el lugar que le corresponde estar. Y, en vez de eso, se acuestan tan tranquilos como si sus obligaciones de ciudadanos, con votar al que le prometa un trabajo de no trabajar, de enchufado, ya estuviera todo resuelto.

Escribo con la esperanza de que gente de fuera de Cartagena, como estamos hablando de la salud del planeta, me lea, porque lo que estoy haciendo es demandando ayuda desde el territorio mundial que, en proporción de habitantes, le ha causado los mayores estragos medioambientales a la Tierra, y nos vengan a solucionar algo que le afecta a la gente que habitamos el planeta; menos a los cartageneros que muchos de ellos viven en el estadio de Pedro de Amiens, prestos para volver a las Cruzadas.

Eladio Palmis
Colaborador
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