Imagen de un bar de Cartagena
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No quiero generalizar. Por eso, me gustaría establecer puntos comunes y también diferencias importantes. Allá vamos.

La hostelería en Cartagena tiene, en mi opinión, luces y sombras.

No descubro nada. No deja de ser algo natural, habitual, en el devenir de cualquier sector económico de esta ciudad. Pero como decía, existen profundas, amplias diferencias entre dos líneas de actividad. Por un lado, la restauración, los establecimientos. Salvo algunas excepciones, han tendido hacía la profesionalidad en general, mejorando sus instalaciones y medios, así como su personal, buscando dar una imagen transparente, competente y bastante cuidada, a lo que ha contribuido sobremanera disponer de una escuela de hostelería en la que se trabaja y se cultivan las más modernas y mejores prácticas, dando como resultado un perfil técnico muy aseado y diligente, tanto en sala como en cocina.

En resumen, creo que la mayoría de los restaurantes de la ciudad tienen una buena puntuación, mía propia y de los usuarios de internet. Sólo se ha de mirar las clasificaciones de las webs donde los clientes suben sus comentarios.

Donde está el problema real es en los llamados bares de tapeo. Los hay buenos, los menos; los hay mediocres, los más; y los hay malísimos, pocos.

Al peatonalizar el centro de la ciudad, con una importante oposición de un sector del empresariado del casco urbano, se observa a día de hoy que aquello fue todo un acierto. Es lo que se llama cambios de tendencia, modernidad, avance, progreso. Se iba a lo seguro: fuimos de las ultimas ciudades españolas de más de 100mil habitantes en peatonalizarse.

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En este escenario de locales abiertos y mesas en la calle, aparece por necesidad ineludible el rol del camarero.

¿Profesionales?, seguro que existen en este subsector, aunque es muy difícil de encontrar.

¿Por qué? El empresario quiere, en el menor espacio de tiempo posible, retornar la inversión realizada, al mismo tiempo que completa con las peticiones continuas de subvenciones y exenciones publicas acompañadas de la búsqueda insistente de pagar los mínimos impuestos y salarios de miseria a sus camareros. Ni que decir tiene que el cumplimiento de la legislación en materia de seguros sociales con estas personas suele brillar por su ausencia. Evidentemente es una causa-efecto. Así, encuentras locales cutres, sucios, con aseos deprimentes anegados de agua pestilenta sin mantenimiento, y las personas que allí trabajan se esfuerzan, pero se les nota tristes y deprimidas.

Mi experiencia profesional me ha demostrado que lo esencial, fundamental, imprescindible es que sin personas no hay negocio, y que antes que un cliente satisfecho tiene que haber un trabajador feliz. Una cosa llevará a la otra, y no al revés. Por lo que parece, aquí en la trimilenaria, como dice un buen amigo, aún quedan algunos por darse cuenta.

Si se cuida este crucial aspecto, todo mejorará exponencialmente. Ese es el foco de la cuestión, la persona, y por extensión, el experto.

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