Publicidad

Para mi madre.


Ayuda al ElDigtalCT a seguir trabajando para llevarte la información cada día a tu móvil, tablet o pc. Colabora con nosotros con tu donación para apoyar una información independiente.



 

Es muy probable que leyera hace ya mucho tiempo esta historia y casi con total seguridad fuera en «Las mil y una noches». En cualquier caso, no quiero engañar a nadie, ni tengo el talento de Sherezade y el argumento apunta a esa obra y a esa mujer como narradora al menos de este cuento que me parece muy navideño y candoroso: tanto como para despedir estas fiestas en las que hemos estado tan lejos, pero tan cerca y tanta ilusión hemos depositado en este Año Nuevo en el que ya vivimos.

Había una vez un rapazuelo por la antigua Bagdad que vivía solo en uno de sus barrios extramuros pues era huérfano de padres, pero no de amores ni de probada inteligencia. Ya os lo podéis imaginar como en las películas saltando por encima de los toldos de los comercios con una rama de manzanas que hubiera pillado de rondón en alguno de ellos… Y más que nada por juego, pues era honrado y si no le llegaba el peculio digamos que tenía crédito entre sus vecinos comerciantes.

Éste era un buen chico, de noble corazón y, como he dicho, no andaba huérfano de amor. Y no de cualquiera, sino del de la mismísima Princesa, hija del Sultán del Reino. El amor era correspondido por ella. Y en las noches calorosas de verano hablaban por una ventana secreta que había a la vera del río donde el muchacho se escondía y se deshacía en todo tipo de requiebros para con ella. Apenas se veían físicamente; las palabras solas eran el vehículo del amor, de un amor no por imposible, menos deseado por ambos jóvenes.

Publicidad

Una mañana, al despertar, en ese instante en que no se sabe bien si las cosas que se ven son sueño o realidad, se le apareció al rapaz un Genio, cosa de lo más normal en estos casos, aunque no siempre son buenos. De la misma forma habitual le ofreció tres deseos. El primero era llenarle de oro la habitación en que estaban, que no era pequeña. Hacerlo Sultán del Reino directamente como segunda opción. Y, por último, caerle bien a los ancianos.

Quizás la elección del muchacho pueda parecer sorprendente, pero escogió el último de los posibles deseos que el buen Genio, que no se extrañó, le había ofrecido. Si bien como estaba ya puesto, el Genio digo, le convirtió en mágica la alfombra sobre la que hacía escasos momentos yacía.

Cogió camino del Palacio del Sultán con el vehículo, sobrevolando todo Bagdad hasta que alcanzó su puerta. Con su entrenada agilidad, logró pasar la primera guardia del suntuoso edificio. Se deshizo después de la alfombra para correr entre los jardines del Sultán donde le apresaron y llevaron a su presencia.

– Majestad mirad el intruso que hemos interceptado en vuestros jardines ¿Le cortamos las manos o directamente la cabeza?

La Princesa, que estaba sentada en un escalón más abajo que el Sultán, no daba crédito y estaba en un ay.

Pero tal y como le había concedido el buen Genio, el Sultán -que era un venerable anciano- quedó prendido del muchacho, cuya presencia y conversación le animaban extraordinariamente.

No es oro todo lo que reluce, ni basta el poder por el poder. Queriendo y siendo querido por nuestros mayores, se consigue lo imposible pues está más a la mano de ellos que de nosotros ya que han vivido más. Este humilde muchacho le cayó tan bien al Sultán que él mismo le propuso que se casara con su hija, lo que le haría rico sin haber tenido la ambición de serlo como tampoco la de convertirse en el sucesor del viejo Sultán, pero lo fue y fue un buen gobernante para su pueblo, estoy seguro, puesto que su mandato venía del amor y no de ninguna otra ambición.

Felices Reyes.

Aniceto Valverde
Colaborador
FacebookTwitter

 

Aniceto Valverde

Publicidad

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.