Aniceto Valverde

 

Es una bodega toda llena de barricas y umbría, como es aconsejable para los buenos caldos. Las huellas de la gente que está y ha pasado quedan registradas en el serrín que hay sobre el suelo. La estás esperando. Estás sentado en la mesa que hay a la vera de una gran ventana. Llueve y dentro no hay más música que el rumor de la gente y un regusto amargo en tu garganta. Por la ventana desfila el mundo entero. Las personas que una vez amaste, tus padres, un sinfín de personajes. Todos andan por la calle mojada, pasan delante de la ventana y se pierden donde tu vista y una cierta bruma. He imaginado muchas veces así la Cuesta de la Baronesa o ese Rincón de la Soledad.

 

Se han encendido las farolas con la caída de la tarde. Apuras el último vaso de vino con la vista perdida en el sfumatto y el mismo nudo en la garganta. Ella no viene ni vendrá jamás. La gente sigue pasando delante de tus ojos que repentinamente se han inundado de lágrimas, unas lágrimas de cristal empavonado que discurren por las mejillas que apoyas en tu mano.

 

– ¿Por qué lloras? – te dice alguien.

– Lloro por sentir -mujer desconocida.

 

Y ella, no sabes por qué, se sienta contigo y tú le cuentas la última y más triste versión de tu vida que quizás te acabas de inventar como este cuento de seducción. Le dices que has visto pasar por la ventana junto a la que estáis a toda le gente que alguna vez has querido. Que todos se han marchado calle abajo, perdiéndose para siempre entre la lluvia, entre la boria. Ella, que tiene una voz dulce y tímida como el susurro de esa leve lluvia, de la orvalla contra el cristal, te hace ver que también ha pasado por la ventana y que tú no la has reconocido. Levantas la cabeza y a través de tu última lágrima la miras y sabes que es ella, la mujer que estabas esperando.

 

Otra persona se ha sentado en la mesa de la bodega en la que estabas, y ha visto cómo os marchabais juntos de la mano por la ventana, por la ventana por la que él verá pasar el recuerdo de los sentimientos que tendrá mañana, mientras esté sentado en esa mesa con una mano sobre la mejilla.

 

Aniceto Valverde

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