Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Entre mi viejos papeles, de casualidad, he encontrado unos apuntes de un tiempo lejano cuando visité, de paso, en la tierra burgalesa, una localidad simpática para los levantinos, que lleva el nombre de Castrillo de Murcia, perteneciente o encuadrada en la actualidad al municipio de Sasamón, que juntando unos diez pueblos bajo la vara de su alcalde, le cuesta llegar a los mil habitantes.

Cuando uno viaja, a diferencia de lo que quería y demandaba, y demanda, el franquismo de que lo mejor era estar al “corriente por la prensa”, no solamente porque Castrillo de Murcia, con su nombre, tira por el suelo toda la mentira ladina que resulta ser la Historia escrita que nos han largado en una España, que, alguien entendió a su conveniencia patria, que todo empezó en el siglo XV con unos reyes castellanos potenciados por la prensa, y olvidando aquellos hermosos tiempos de unos ibéricos que nada quisieron saber de hordas invasoras, tanto laicas como netamente conquistadores, porque estas tierras siempre fueron lugar de acogida, y por eso florecieron y florecen los intransigentes.

En Murcia, siguiendo con la tónica de desinformación, en vez de ir al grano directo de la verdad en referencia al origen de su nombre toponímico de Murcia, se han podido escuchar desinformaciones como que si se debía a la diosa Murcia, romana, o a la Murcylla de Abderraman II; y si opinabas en contrario te suspendían, y te suspenden ahora todavía en cualquier examen de historia, porque subyacía y subyace un trasfondo paleto, beato, frailuno y clerical, que parece no ver con los ojos de la lógica que Murcia, el nombre de la ciudad egoísta, acaparadora actualmente de todo el asfalto de la región, deriva directamente del árabe Muza, o Muça, tal y como aconteció en el burgalés Castrillo de Muça, que, poco a poco fue mutando y derivando lo de Muça por los de Murcia.

En el probable encuentro, que no es seguro, entre el ibérico visigodo Teodomiro, y el vecino poblador de religión diferente, aunque monoteístas los dos, Abd al-Aziz Muça, corriendo probablemente el año del setecientos treces, estampando la firma el moro y firmando con el dedo el Teodomiro para darle nacimiento a la Cora del Tudmir, es de lógico que un caserío, que un enclave muy propicio para la vida por su suelo fértil como era entonces la zona murciana, quisiera el vecino más poderoso, Muça, que la nueva ciudad llevara su nombre, y no la iban a dejar sin bautizar hasta pasado más de un siglo y varios años, hasta que alguien cayó en la cuenta, y corriendo el año del ochocientos veinticinco, fue, según la crónica frailuna apañada, con aquello de la Medina Mursiya, o te suspendían y suspenden en el examen.

El lejano recuerdo que me llega de mi visita casi suficiente para recoger impresiones sobre la villa castellana de Castrillo de Murcia, vi mucho del beaterio murciano en aquella pequeña pero entrañable población donde, sin vergüenza de ninguna clase, han aceptado que lo de Murcia deriva del vecino ibérico monoteísta islámico Muça. Y como siempre salta la liebre cuando uno menos se lo espera, ya por aquellos años, donde con mucha dificultad bibliográfica, me iniciaba en mi creencia de que los “Moros” nunca Invadieron España que ni existía como tal estado o nación o grupo de encuadramiento, cuando me explicaron en Castrillo lo del diablo corriendo con rabo por las calles en la fiesta del Colacho, no consiguieron sino que sonriera y seguí con mi faena propuesta de enterarme más cosas acerca de la Condesa Traidora, doña Argentina, no porque el pusiera los cuernos al rey de Castilla don García Fernández, sino por la razón del nombre que llevó: Argentina, algo muy en desfavor de la “tradición impuesta” de que las mujeres lleven el nombre de santas vírgenes.

Que vendría más tarde dentro del proceso involutivo en el que nos obliga a vivir la ley mordaza y las leyes vaticanas.

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Eladio Palmis
Colaborador
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