Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Partiendo de una base a todas luces inusual en otras actividades, porque todo el mundo se mofaría de aquel que presuma que lo hace mejor que nadie; y esa es la actitud reinante en nuestros amados políticos que a la menor oportunidad nos sueltan lo mucho de su valía, está muy claro que no se debería votar en adelante políticos como los actuales, que junto al dicho palabrerío, propio de pavos reales, solo se apuran por lucir mechas y corbatas a juego ¿con qué?.

Vas a la farmacia, todo controlado vigilado, reglamentado; aséptico a lo mejor sería la palabra adecuada, y pides una mascarilla, o un desinfectante. Y te miran como si ya hubieses empezado a chochear.

El sistema, el engranaje, la cadena de concejalías, consejerías, direcciones generales, direcciones raras, monopolios farmacéuticos que no se sabe bien donde empiezan y donde acaban, no, todo ese despilfarro de recursos, no está hecho y gastando para atender lo mejor posible una situación sanitaria normal; y qué decir de una pandemia, entonces es cuando se ve lo que VALE Y LO QUE NO VALE. Y vemos que la sociedad resultante de la tragedia sanitaria actual, deberá de actuar en consecuencia y empezar a quitar eslabones de una cadena a la que le sobran.

Al margen de que es de pura vergüenza e imperdonable que todo ese elenco casi infinito de intermediarios no hayan sido capaz de llenar las farmacias de lo elemental necesario para amortiguar la pandemia, sabemos que a ellos, a título personal y familiar, para demostrar su poder social y valía, no les ha faltado una o varias mascarillas.

Los concejales, las concejalías, tienen la obligación de vigilar que en el comercio local no se aprovechen aquellos desaprensivos y le suban el precio a los productos; que se produzcan situaciones de abuso con los precios y con las calidades. Y para ese trabajo y otros de semejanza es para lo que están los concejales y no para presidir cualquier chorrada de las abundantes que han hecho su razón de entretenimiento.

Y claro, si uno recuerda que en ciudades como Cartagena, todos sus políticos, literalmente “se han partido el culo” por mantener el hospital del Naval y el del Rosell abierto, uno se desorienta: no sabe entonces donde carajo vive o está el que le dio la orden de cierre, supuesto que todos están y estuvieron a favor de que no se cerraran, y vigilaron y cuidaron que su mobiliario no estuviera ni en una clínica privada, y mucho menos algunos tengan una cama hospitalaria en la casa de la playa o del campo para que se acuesten las gallinas.

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Ahora, con estos miedos, nos estamos dando cuenta la mayoría de las muchas cosas que nos sobran; de las carajotadas que hay incrustadas en nuestra sociedad, que un virus microscópico nos ha hecho ver. Y es de esperar que acogiéndonos una vez más al inteligente refranero popular, que dice que no hay mal que por bien no venga, todo aquello que sobra, y sobra mucho, pues que se busque la vida como pueda, pero sin ir montado en el carro, y que tengamos que ir tirando de ellos, mientras nos cuentan que están sudando mucho más sentados arriba en el carro que tirando de las varas.

Lo que no tengamos mascarillas en Cartagena, lo que tengamos dos hospitales podridos y seguramente desmantelados de enseres que no se lo puede llevar el viento, es una asignatura social para la ciudad que la tiene que aprobar sin recomendaciones de ninguna clase, y sin borracheras de grupos elegidos.

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