El Hombre lento que corre, Aniceto Valverde
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Lo encontré sentado delante de una cerveza en el bar Sol. Hacía muchos años que no lo veía, pero incluso de espaldas, cuando entré en el local, me di cuenta de que era alguien conocido por ese gesto familiar con el que se llevaba la jarra helada a los labios sin levantar el codo de la mesa y por la envergadura de su cuerpo que casi se salía por el ventanal que da a la calle San Antonio el Pobre. Lo reconocí inmediatamente: no había cambiado mucho desde que hacía unos quince años coincidíamos siempre en aquellos garitos donde sonaba incesantemente música de jazz. Me marché de la ciudad y no volví a saber de él. Luego vine y ya no andaba por aquí. Se corría el rumor de que se había embarcado y recorría el Mediterráneo y que no volvería jamás porque aquí se había buscado enemigos muy poderosos. En concreto, una noche, desde detrás de la barra del People –tal vez fuera el Triana, no lo recuerdo bien- Pepe Vereda, que lo mismo ponía las copas en un sitio como en el otro y había sido nuestro compañero de confidencias etílicas en aquellos años, me dijo que se había establecido en Casablanca. Sin embargo, otros me hablaban de que era en algún lugar de Túnez donde pasaba el tiempo que no estaba embarcado. No, no había cambiado mucho a pesar de los años que habían pasado y del traje de lino blanco, como de indiano, que llevaba puesto y que antes ni en sueños se hubiera podido permitir. Más bien estaba igual que siempre: un tipo no muy alto, eso se notaba aunque estuviera sentado y no se levantara ni para saludarme sino que se limitara a llevarse la mano derecha a la frente, como saludando militarmente, y rápidamente, con la misma mano, me golpeara repetidamente el brazo a la altura del hombro haciendo que me tambaleara. Seguía siendo muy fuerte, los brazos le colgaban de una espalda de casi el mismo ancho de la mesa en la que estaba sentado al lado de ese gran ventanal. Sólo la mar le había dejado su huella ondulada y morena en el rostro, una cara que seguía siendo redonda, de rasgos casi infantiles porque tenía los ojos pequeños y también redondos situados en su mitad y bajo unos párpados con pestañas largas pero escasas y la frente ancha sobre la que caía un flequillo, eso sí, menos poblado que en aquel entonces.

 

Me senté enfrente de él y también pedí una cerveza que me refrescara del intenso calor que había soportado durante toda la jornada y que sólo se estaba mitigando con la caída de la tarde. Me dijo que ahora formaba parte de la tripulación del Slowman Runner, un contenedor de unos cien metros de eslora que acababa de llegar de Trípoli y estaba atracado en el muelle de Santa Lucía, luego supe que también en parte era su dueño. Aquel nombre me hacía evocar todavía más nuestro pasado común, aquellos lejanos años en que recorríamos juntos la ciudad nocturna: Slowman Runner, el hombre lento que corre, traduje rápidamente para mí, o el corredor reflexivo, el que piensa mientras corre, igual de libremente traducido. Me hizo recordar la música de Eric Clapton, el Slowhand, el que toca con mano lenta. Pensé que el armador del buque había querido asignarle un destino de seguridad a la par que diligencia. Lento pero seguro, sin prisa pero sin pausa, y toda una gama de mensajes similares que se me vinieron a la cabeza y que sin duda iban destinados igualmente a los posibles consignatarios cuando el buque fue bautizado con aquel nombre. Asimismo le iba de perlas al carácter de mi amigo: un cerebro frío, rápido y calculador embutido en un cuerpo de gigante de lentos y precisos movimientos.

 

Luis Santos, mi amigo Luichi, confirmó estas impresiones literarias producto de mi fantasiosa e ingenua mente. En su jerga marinera y de forma más prosaica me dijo que desde luego no era el peor en el que había estado embarcado en su ya larga carrera de marino. Todo lo contrario: era un buen barco que zarparía en unos días hacia Bremen y Hamburgo. No recuerdo qué cargamento me dijo que llevaba, pero en cualquier caso supe que me mentía a pesar de nuestra vieja amistad, que se remontaba no sólo a aquellos años atrás en que íbamos a los mismos garitos, sino también a nuestra propia infancia, cuando jugábamos juntos en las calles de nuestro barrio.  Le propuse cambiar de sitio y pasar de la cerveza al bourbon. “Por los viejos tiempos”, le dije, y fuimos a parar a un local nuevo que hay cerca del puerto cuyo nombre omitiré por razones de seguridad. Mi calenturienta imaginación no cesaba de asignarle fantásticas historias al buque y a la vida de mi amigo en los últimos años. Pero la realidad iba a superar a la ficción. Al tercer o cuarto bourbon incluso acepté un cigarrillo aunque hace años que dejé de fumar: empezó a ganarme la sugestión que desprendían las palabras de aquel hombre en que mi amigo se había convertido, y no estoy hablando sólo metafóricamente. Sólo nos quedaban unas horas que pasar juntos antes de que su barco zarpara. Por debajo de su blanca chaqueta de lino vi asomar la culata de un revólver. La intriga me embargaba y ante mi cara de asombro me dijo que lo llevaba desde aquel tiempo en que tuvo que cambiar su nombre por el de Josef Marlom, que era el que aparecía en su pasaporte chipriota.

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Aniceto Valverde Conesa

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