"Muerte en los raíles", Aniceto Valverde

 

CAPÍTULO 6- MUERTE EN LOS RAÍLES

El Slowman Runner había zarpado hacía ya unos días del puerto. En él vino mi amigo Luis Santos, antes conocido por Luichi y ahora llamado Josef Marlom: ni su nombre ni él  eran ya los mismos desde que se enamoró en Casablanca de Irina Maniker y desde que traicionó el encargo que le hiciera el siniestro traficante de armas Nasser Alkasser, que había jurado vengarse  por ese doble engaño de su antigua compañera y de mi desesperado amigo que la estaba buscando por medio mundo hasta que pensó que tal vez estuviera aquí porque en sus ambiguas cartas, remitidas a Casablanca a su amigo y socio Abdul Assip,  que se las hacía llegar a Luichi adonde quiera que éste estuviese, le hablaba de su deseo de conocer los orígenes de él, la ciudad de la que mi amigo le hablaba con nostalgia las noches que pasaron juntos, escapando de la vigilancia de Nasser y de sus sicarios, en Casablanca.

 

Él esperaba encontrarse con su silueta delgada y su pelo rubio cortado a media melena, caída sobre los hombros desnudos como la viera aquella primera noche en Casablanca en el bar de Abdul,  con sus ojos azules, con su mirada dulce y perdida, como ausente de este mundo, entre las miradas de las gentes que llegan y salen de la ciudad acarreando pesados o tal vez el muy liviano equipaje de su sola existencia que cobra sentido, él lo sabía ahora después de haber viajado en soledad por casi todo el mundo, sólo si hay alguien esperándote al final del trayecto o si eres tú el que espera, tal vez fumando impacientemente un cigarrillo, la llegada de otra persona. A veces me telefoneaba desde una cabina en la estación de autobuses o desde la del ferrocarril donde espiaba durante horas la llegada de los viajeros. Y me preguntaba si por mis contactos de pobre abogado del turno de oficio (a mí es lo que más me gusta de la profesión) había podido enterarme del registro de algún nuevo extranjero en la Comisaría de la ciudad, alguna persona que respondiera a las características que tantas veces me había repetido de Irina de manera que era como si ya la conociera de toda la vida aunque no la hubiera visto jamás. Pero pasaban los días y no había novedad que le pudiera referir, y entonces oía su respirar resignado a través del teléfono y luego los pitidos intermitentes en la línea cuando él colgaba y yo me quedaba con el auricular pegado a la oreja pensando unos instantes en cómo podría ayudar a mi amigo antes de depositar el aparato en la horquilla del teléfono de mi despacho.

 

Hace varias noches, luego lo supe, cuando era ya muy tarde y no había casi nadie más en la estación de ferrocarriles, Luichi entró en los aseos que hay a la izquierda de los andenes según se entra en la estación. Ya desde ese momento tuvo la certeza de que alguien le seguía. Salió de allí y anduvo un trecho por el andén con aquella sombra remotamente familiar detrás suya. ¿No has tenido nunca la impresión de que no estás solo aunque no haya nadie más? Había un tren que comenzaba su marcha atendiendo la orden del silbato y la bandera del jefe de estación. Se subió a él en marcha. Ni siquiera sabía adónde iba pues no había prestado atención a la voz gangosa de mujer que desde los altavoces había anunciado la salida de no sabía que expreso. Se sentó en un vagón totalmente vacío de viajeros. Se creía ya a salvo cuando, como una intuición, casi antes de que se produjera ese sonido, oyó la abrirse la puerta del vagón y entrar como un golpe el traqueteo del tren sobre las traviesas y el respirar denso y fatigado de alguien. Esa intuición del peligro le hizo levantarse como un resorte del asiento y correr hacia el extremo del vagón. Pero aquel hombre de cuello de toro le seguía y él podía sentir su aliento jadeante en la nuca. Siguió corriendo. El tren iba vacío y cada vez más rápido igual que su perseguidor. Pero él ya no podía seguir corriendo porque había llegado a la locomotora, a ese espacio donde están los enganches de los vagones. Sólo le quedaba esperar una muerte segura empuñando un revólver inútil cargado con balas de fogueo. Nasser llegó donde estaba. Forcejearon en la oscuridad y se oyó un disparo. El tren iba cada vez más rápido y tomaba una curva cerrada. El gigante de cuello de toro perdió el equilibrio y cayó a las vías poco antes de llegar a Murcia. Alguien encontraría su cuerpo al amanecer. Pero ningún periódico daría cuenta del suceso. No se puede dar la noticia de la muerte de un hombre cuya existencia era un secreto para el resto del mundo.

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