Tráficos Ilícitos, Aniceto Valverde
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CAPÍTULO III-       TRÁFICOS ILÍCITOS

Luichi, con su vaso de bourbon en la mano, se acercó a la mesa que le había dicho su amigo y socio Abdul Assip, el dueño del Pelícano Azul, ese bar de Casablanca donde paraba tras sus viajes en el Slowman Runner. Conforme se aproximaba fue percibiendo a través de la penumbra del local que había una tercera persona en la que antes no había reparado. Allí estaban efectivamente el traficante Nasser Alkasser, un tipo medio mulato con cuello de toro, su hermosa acompañante, Irina Maniker, que era como una pertenencia material más de Nasser, que hacía gala y ostentación de ella, la exhibía como si fuera un trofeo y parecía como si la llevase siempre atada con una cadena. Pero había alguien más sentado con ellos. Era un tipo bajo, lo que se notaba porque su cuerpo apenas rebasaba la altura de la mesa por encima de la cual sólo le asomaba prácticamente la cabeza como si fuera un niño prematuramente envejecido o un enano. Sus rasgos eran orientales, llevaba unas gafas pequeñas, finas y de alambre que apenas le cubrían sus ojos achinados. No paraba de hablar y de gesticular con unas manos igual de pequeñas y de sonreír y al hacerlo mostraba un pequeño diente de oro, un colmillo que era como si le sobresaliese de la boca dispuesto para hendirse en el cuello de su víctima. Nasser le hizo callar con un gesto violento cuando Luichi llegó a la mesa. Irina llevaba un vestido de fiesta que le dejaba gran parte de la espalda y los hombros desnudos.

 

-Siéntese Mr. Santos –dijo Nasser en un precario inglés pronunciado como si en vez de hablar escupiese las palabras-. He oído hablar mucho de usted y tengo algo que proponerle.

 

El oriental asintió con otro gesto mecánico de muñeco de guiñol. Irina parecía ajena a todo salvo a la música que sonaba en el local. Debían tener pensado ir a alguna fiesta después, pensó Luichi, porque en otro caso no se explicaba su forma de vestir que llamaba tanto la atención en un sitio como El Pelícano Azul: Irina con aquel traje de seda y altos tacones de aguja y el propio Nasser vestido de smoking y con esa pajarita que parecía iba a estrangularle su poderoso cuello de toro.

 

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-No sé qué le han podido contar –respondió finalmente Luichi-. Seguro que han exagerado.

 

-Yo no soy hombre que se ande por las ramas, así que iré directamente al grano, Mr. Santos –añadió Nasser.

 

Y le dijo que tenía un cargamento de armas que había que transportar a un país del Sur de África, pequeño pero muy rico en diamantes, un país sumergido en un conflicto casi eterno entre las fuerzas del dictador en el poder, sostenido por las potencias occidentales, y una guerrilla insurgente en manos de otros lunáticos deseosos de hacerse con el control de esas riquezas naturales. Como siempre, en medio, una ingente masa de población civil sumida en la más absoluta miseria y con centenares de víctimas en su haber. Luichi había tenido ocasión de comprobarlo en alguno de sus viajes e incluso de conocer al único hombre capaz de sacar a ese país de su lamentable situación: El reverendo Jessie Jackerson.

 

-No me dedico a ese tipo de tráfico –dijo Luichi enérgicamente.

 

-Ja, ja –repuso el libanés -. Todo el mundo tiene un precio, Mr. Santos. Qué le parecen cinco millones de dólares.

 

Luichi se tenía que marchar. Algo relacionado con el barco, el Slowman Runner, que seguía atracado en Santa Lucía, pero no recuerdo exactamente si era un problema mecánico o un cambio de guardia o la estiba de nuevas mercancías. Apuró su vaso de whisky y me dijo que me volvería a llamar y me seguiría contando, lamentaba la interrupción en su relato. Que necesitaba que estuviera siempre localizado: precisaba de mi ayuda para salir de ese lío tremendo en el que se había metido. Sólo agregó que sin que él se diera cuenta, mientras hablaba con Nasser y con el oriental, Irina había deslizado en el bolsillo de su chaqueta una caja de cerillas en la que había escrito: Hotel Embasador, 307.  Sólo se dio cuenta más tarde al ir a encender un cigarrillo acodado en la barra con un nuevo vaso de bourbon en la mano y el perfume de Irina aún en su memoria.

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