El encuentro misterioso, Aniceto Valverde
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CAPÍTULO IV- EL ENCUENTRO MISTERIOSO

Un barco atracado en el muelle de Santa Lucía, el Slowman Runner. Un personaje al que hacía años que no veía, mi amigo Luis Santos, Luichi, que ya no se llamaba así sino Josef Marlom como ponía en su pasaporte chipriota, un documento que guardaba celosamente en el bolsillo interior de su chaqueta al lado de un revólver. Una historia que me estaba contando a retazos citándome cada vez en un lugar distinto de la ciudad. Primero nos encontramos en el bar Sol, luego me hizo reservarle una habitación en el hotel Peninsular y ahora estábamos en una mesa en el rincón más apartado sobre el suelo ajedrezado del café de Puerto Rico, enfrente del Rastro de El Lago. Quería que le ayudara pero yo no sabía aún ni el porqué ni en qué podría consistir mi colaboración. De momento había en juego un cargamento de armas, dos siniestros personajes, el traficante Nasser Alkasser y un oriental desconocido, así como la bella acompañante del primero, Irina Maniker, que había deslizado en el bolsillo de la chaqueta de mi amigo una caja de cerillas con el nombre de un hotel de la ciudad de Casablanca.

 

-Debes aceptar el trabajo –me contó Luichi que le dijo Irina en aquella habitación de hotel a la que se dirigió cuando Abdul Assip, su socio y amigo, cerró por fin aquella noche el Pelícano Azul, su bar de Casablanca -. Tú no te has dado cuenta pero él –dijo refiriéndose a Nasser- ha vigilado todos tus movimientos, y tiene hombres dispuestos a todo que están a las órdenes de Chan, ese siniestro oriental que estaba sentado a su lado en el Pelícano. Ahora mismo no tiene a nadie más que le pueda hacer ese trabajo. Hay mucho dinero en juego que no van a dejar escapar.

 

Y yo sé que mi amigo la miraría como ella lo había estado mirando muchas veces desde la penumbra del Pelícano Azul, a través del humo de los cigarrillos turcos que Nasser fumaba sin cesar, sentada a su lado y unida a él como por una cadena sin un solo eslabón de quiebra, como una más de sus posesiones, quizás la más preciada. Sí, los dos lo habían estado observando durante muchas noches en aquel bar de Casablanca mientras bebía acodado en la barra o cuando tocaba el saxo con la orquesta. Ella le dijo que su música le hacía escapar de la terrible situación en la que se encontraba y recordar aquellos lejanos años cuando era una niña y vivía en Nueva York con su padre, un prestigioso científico alemán que emigró a los EE.UU. durante la II Guerra Mundial. Pero ella había abandonado aquella vida cómoda para viajar por todo el mundo quizás en busca de sus raíces perdidas en la vieja Europa, como perdida tenía la imagen borrosa de su madre en la memoria, su madre que le habían contado que había muerto en aquella guerra cuando en realidad, ella lo supo después y fue un descubrimiento terrible, no había querido abandonar Alemania ni la vida de artista de cabaret berlinés que había llevado siempre, una vida de espectáculo y alcohol. Irina había decidido volver y buscarla donde quiera y como quiera que se encontrase. Le habían dicho que ya no estaba siempre en Berlín sino que se desplazaba por casi todo el continente, aunque ni siquiera era seguro que estuviese viva.  En los ambientes turbios en los que se movió encontró a Nasser. Fue una noche en Amsterdam y él le prometió que le ayudaría. Pero lo único que hizo fue quitarle el pasaporte y la libertad y llevarla con él a África como si la hubiera comprado en un antiguo mercado de esclavos.

 

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Nasser se había marchado aquella misma noche para concertar la operación que quería que materializase Luichi y ella había burlado la vigilancia a que era sometida, aunque los hombres de Chan no tardarían en darse cuenta de su ausencia. Tan sólo unas horas robadas a su encierro. Mi amigo la vería vestirse con aquel traje de fiesta que llevaba cuando estaba con Nasser y el oriental llamado Chan en el Pelícano Azul, y vería la delgada línea que formaría luz eléctrica bajo la puerta del cuarto de baño mientras ella, enfrente del espejo desportillado de su pared de azulejos, se pondría el maquillaje que borrara los restos de la pasión y la sombra del insomnio, y por fin la oiría salir sigilosamente de la habitación creyéndole dormido.

 

Mientras terminábamos el café en el Puerto Rico, Luichi me contó que aquel mismo día le dijo a Nasser que él llevaría el cargamento y que los encuentros con Irina se sucedieron varias veces más hasta que aquél se presentó una noche en el Pelícano Azul para decirle que todo estaba dispuesto para que se hiciera cargo de la mercancía y zarpase con ella rumbo al sur de África.

Aniceto Valverde

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