La Taberna del Capitán, Aniceto Valverde
La Taberna del Capitán, Aniceto Valverde
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LA TABERNA DEL CAPITÁN

Yo ya sabía de donde le venía la adicción –y no estoy exagerando- por el mar y los viajes. Otra de aquellas noches etílicas de hacía casi quince años, en la taberna del Capitán, en Cabo Palos, ya me había contado que su abuelo en aquella casa de San Antón que estaba tan cerca de la de los míos, en cuyos aledaños jugábamos de niños, tenía una radio enorme antigua, de esas de galena o de lámparas, termoiónicas añadiría algún experto en estas materias. Luichi, mi amigo Luis Santos, jugaba constantemente con su dial, desplazándolo por todas las ciudades que allí estaban señaladas, imaginando que recorría las calles de Roma, de Lisboa, de París, al mismo tiempo que la aguja de la radio se movía por la pantalla iluminada y que el propio aparato emitía voces en muchos idiomas, lenguas que él imaginaba que era capaz de entender entre los pitidos y los sonidos distorsionados por las muchas interferencias que el aparato recogía cuando se le iba la onda o al desplazar el dial para cambiar de emisora. En la taberna del Capitán sonaba la música de John Mayall, de aquel grupo suyo del que también formó parte Eric Clapton, The Bluesbreakers, y yo recordaba perfectamente el énfasis que ponía en las palabras cuando me hablaba de su deseo de viajar por todo el mundo. Su sueño parecía haberse cumplido. Había viajado mucho, eso se le notaba hasta en la cara. Yo no había sabido nada de él en años, tan sólo esos rumores que lo situaban en los más recónditos confines del mundo, pero siempre ligado al mar.

 

Me lo encontré en el bar Sol, después de todos esos años de ausencia, pero era como si ayer mismo hubiéramos estado juntos en la taberna del Capitán. Bebimos igual que entonces y mis recuerdos de la noche aparecen distorsionados o difuminados por la bruma del alcohol y la alegría de encontrarme con mi viejo amigo. Creí que no lo volvería a ver más porque Luis Santos ya no se llamaba así, ni oficialmente era español. Él mismo me lo dijo esa noche aunque se mostró muy reticente a darme más detalles. “Es mejor que no sepas nada. Al menos por el momento”, me dijo. Y lo dejé subiendo la escalerilla del Slowman Runner en el muelle de Santa Lucía con las primeras luces del alba.

 

Pensé que zarparía y se iría y que de nuevo no volvería a saber nada de mi amigo. Sin embargo recibí una llamada suya en mi casa. La verdad es que el timbre del teléfono ya me sobresaltó porque no esperaba que nadie lo hiciera y porque su simple sonido, al que jamás terminaré de acostumbrarme, me pone nervioso como si fuera un mal augurio, el presentimiento de que me van a dar una mala noticia. En tono confidencial me dijo que tomara una habitación en el hotel Peninsular a su nuevo nombre, Josef Marlom, y que lo esperara allí. Hice lo que me pidió y subí a la habitación ciento setenta y dos. Sin descorrer las cortinas ni encender la luz, como él me había dicho, me senté a esperarle no sin antes servirme una copa de lo primero que encontré en el pequeño frigorífico, ron negro creo que era. Al rato sonaron tres golpes suaves en la puerta. Abrí y era él que entró precipitadamente y lo primero que hizo fue mirar a la calle desplazando levemente una de las cortinas.

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Mis ojos ya acostumbrados a la penumbra de la habitación lo vieron sentarse en otro de los butacones. Yo lo imité y me puse en el que estaba enfrente. Luichi empezó a hablar.

 

-Fue en Casablanca, y no creas que te voy a contar una película –me dijo.

 

Y siguió hablando el resto de la tarde hasta la caída de la noche. Me contó que solían dejarse caer por un bar de la ciudad antigua que se llamaba El Pelícano Azul porque ponían buena música y el dueño, Abdul Assip, les daba el tipo de confianza que tantas veces hemos buscado y encontrado en los barmen a lo largo de nuestras vidas. Era un sitio confortable, muy parecido a la taberna del Capitán, y añadió que tal vez fuera la nostalgia que nos hace intentar repetir los ambientes donde hemos estado a gusto en lugares alejados. En el local había una pequeña orquesta a la que Luichi a veces acompañaba tocando el saxo en las calurosas noches de Casablanca y un tipo, el dueño, que no tenía nunca prisa por cerrar el garito y siempre estaba dispuesto a escuchar a cualquiera mientras detrás de la barra no interrumpía su labor fregando los vasos de las consumiciones y haciendo los coktails más exóticos y variados que él había probado en su vida. Tanta amistad llegaron a hacer, siguió diciéndome, que Abdul se asoció con él, le entregó una fuerte cantidad de dinero para armar un barco y que Luichi se encargara de gobernarlo y de contratar las cargas que debía transportar. Ese buque no era otro que el Slowman Runner, el lento corredor como yo había traducido.

 

Una noche, a la vuelta de uno de aquellos viajes, Abdul le dijo que en la mesa del rincón había unos tipos que habían preguntado por él. Era un libanés, conocido traficante de armas, que iba acompañado por una mujer que llamaba mucho la atención tanto por su belleza intrínseca como por el hecho de que sus rasgos norteños contrastaran con el tipo sentado a su lado y con el resto de la escasa presencia femenina en el local. Él se llamaba Nasser Alkasser y ella era Irina, la bella Irina Maniker. Sin embargo había alguien más en la mesa. La penumbra del local impedía distinguir sus rasgos.

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