Ana Belén Castejón, Noelia Arroyo y Manuel Padín
Ana Belén Castejón, Noelia Arroyo y Manuel Padín

Los ingredientes que hay que juntar para confeccionar la receta que vamos a indicar como se cocina, para el caso con productos netamente cartageneros, valen también, perfectamente, según su frescura, para cocinar una trinca murciana regional.

Antes, cuando los amortiguadores de los coches de unos pocos países de nuestro entorno, se jodían en las carreteras hechas y sin reparar desde el tiempo de la dictadura, para el caso señorial-milico de Primo de Rivera, y como una ración de paella en España valía menos que una soberbia en el Vaticano, algunos bancos (de fuera) pensaron que una ración de democracia católica nos vendría de puta madre a los españoles.

Y como por ese cercano entonces no había partidos políticos que no estuvieran empapados de fango hasta los ojos, pues se pensó (pensaron de fuera) que lo importante eran las personas políticas: los llamados líderes carismáticos. Y, en segundo escalón, se empezaron a cambiar las siglas de los partidos políticos, pero no los ingredientes para llenarlos: un personal renegado del sueldo bajo y sin auto.

Como en muy poco tiempo los líderes carismáticos dejaron al descubierto su carisma; y, aunque les dio tiempo sobrado para legislar que los resultados electorales tuvieran el carácter de título político particular, al llevar todos ellos el mismo escapulario como carisma, se pensó (pensaron desde fuera por nosotros) que todo quedaba más difuminado si en vez de los ya inexistentes líderes carismáticos, porque se les había visto el cordón del escapulario, se potenciaban los partidos políticos aplicando la técnica y metodología de los recogedores de basura urbanos que no se lavan nunca por más pestazo que echen.

Y en esa fase y metodología de recogida de residuos sociales (habrá algunas, pocas, excepciones) nos encontramos ahora, con materia prima dentro de los partidos políticos para hacer cuantas trincas se quieran cocinar.

En la trinca cartagenera, se cogió, en comanda que llegó a la cocina de una mesa de no más allá de cuatro comensales directamente implicados en el negocio especulativo de la construcción en la zona; eso sí con la anuencia de la única empresa que queda en la cortijá murciana, como se quería el guiso a cocinar, con los adornos y los colores que debería de lucir para que resultara apetitoso para la mesa.

Y así se hizo. Y, para el caso, se pusieron en lista política de partidos de renombre nacional apañado, gente sin auto y sin chalet, y se le indicó lo que tenía que hacer y decir para que no se quemara el guiso, que, como mejor se cuece es poco a poco, lo que se denomina a fuego lento, para que le de tiempo a los cartageneros, en el caso de la trinca cartagenera, de llevar al fogón municipal la leña para que arda.

Y, hasta este minuto, todo va discurriendo tal y como desde fuera, ojo avizor, nos están vigilando y mandando “correos” a la birlocha mientras vuela, aunque esté dando vueltas vertiginosas que barruntan que va a caer en picado y se van a romper todas las cañas al chocar contra el suelo de una realidad tan dura como desconocida en su pobreza y vileza.

La trinca cartagenera, su cocinado particular ya hace meses que lo consiguió y a plato mayor de lo pensado. Los cartageneros están en el perfecto papel de portadores de leña talando árboles. Los cuatro comensales de la mesa especulativa, tienen hilo directo de la cocina y no se les enfría la comida. Y desde fuera, hay mucha felicidad porque la democracia católica en Cartagena y en la cortijá murciana, funciona de puta madre.

Eladio Palmis
Colaborador
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