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Nos habíamos quedado en los rollicos bendecidos que compraba y nos daba nuestra madre cuando ella tenía recuerdos…


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Había llovido mucho, quizás no tanto como para que la Rambla de Benipila se inundara. Pero recuerdo que la linde de ella con la casa de mi abuela materna, situada enfrente de la cárcel del Barrio de San Antón, formaba como una vaguada que sí que quedó encharcada. Y con bastante profundidad. Debía de ser, pues, como hacia el mes de septiembre de aquel lejano tiempo del que hará más de cincuenta años. Y tanto, creo que yo tenía cinco. Era el campo y las veredas, llenas de cardos borriqueros que comíamos a veces, por las que el pastor de mi abuelo Ginés llevaba a las ovejas camino del corral de la casa. Recuerdo que conforme iban entrando por su puerta les pintaban en el lomo un círculo como de color azafrán para irlas contando y no se perdiera ninguna, mientras los perros hacían su labor de reagruparlas una vez más tras haberlo hecho mientras pastaban.

Al lado de la casa, en cuyo frontal mi abuela Dolores tenía un jardín precioso con un melocotonero también, había un bidón de petróleo (los hubo cuando la Guerra de gasógeno por la escasez de aquél). A mi primo, que aun siendo algo menos de un año menor que yo, era muy lanzado me propuso el periplo por esa zona encharcada.  Así que cogió un rama fuerte y larga y nos metimos en el bidón ya dentro del agua. Y como si fuera un gondolero, usaba la rama como más que remo, palanca ya que la hendía en la tierra y hacía que el artefacto se moviera surcando aquel mar. La verdad es que yo iba bastante asustado porque creía que abocaríamos, es decir, que dada la altura del bidón (su centro de gravedad) volcase en cualquier momento y diera con nosotros en el fango. Pero no. De esta guisa arribamos a la antigua Fábrica del Oxígeno, que dirigía su abuelo paterno y como era costumbre de la época, también vivía en ella junto a su familia. Para él y su hermana eran el Pae y la Mae. En aquel momento también mi tío Pepe, mi tía -la hermana de mi madre- estaba en casa de mi abuela materna: el punto de partida de nuestra singladura. Todos, abuelos y padre de mi primo, se echaron las manos a la cabeza cuando nos vieron llegar de aquel modo náutico.

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Pero lo que fue peor fue la reprimenda que nos llevamos porque, efectivamente, el bidón de petróleo que nos había servido de nave no sólo no estaba limpio, sino que nos pringó de alquitrán o desecho de petróleo hasta los ojos. Y nuestras madres, se tuvieron que afanar para limpiarnos hasta lo indecible. No recuerdo el castigo; pero tuvo que ser gordo en proporción a la trastada…

Mi tío Pepe nos había llevado desde esa antigua Fábrica del Oxígeno hasta la casa de mi abuela en su 1.500. Mientras íbamos por el corto camino transitable, dijo: «Mirad, por allá va el Pana con sus caballos».  Yo no lo vi -también mi padre me habló de él-. Creo que era gitano. Un gitano al que yo imaginaba gallardo bandolero. El Pana siempre iba con su recua de caballos. Si alguien sabe algo más de él que me lo diga. Pues hasta este solo recuerdo llega la memoria de un niño de cinco años.

Aniceto Valverde Conesa

* El dibujo que ilustra este modesto relato ha sido rápidamente esbozado por mi amigo Jesús Manuel García. Historiador e informático de muy buen gusto ha sido el creador de la serie “La gran batalla por Murcia”, cuyo héroe, Megacuarenteno es el azote de los malditos covides. Lleva ya más de doscientas tiras de viñetas y ha merecido el reconocimiento de medios de comunicación regionales. Podéis encontrarlo en: www. megacuarenteno.es

 

Aniceto Valverde
Colaborador
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