Juan Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Para soportar todo lo que estamos soportando en la Cortijá Murciana en su conjunto, y, muy especialmente en el área de la basura mayor de toda la cortijá: Cartagueto, se necesita un grado de santidad; pero una santidad totalmente diferente a la que algunas sectas denominan ser santos que se tienen que levantar de noche a orinar.


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Decir que es legal; que se está dentro de la norma democrática y que endiñen un pastor en sillas de ruedas para guardar un rebaño que va por la sierra, caso del gobierno de la cortijá, sacado a subasta al mejor voto, es algo que ni la sanidad, ni la educación, ni la lógica más elemental, puede soportar máxime cuando estamos pagando un gobierno local, otro regional y un nacional, al margen de poderes constitucionales, tribunales de cuentas y de los otros, los llamados de justicia.

Hemos aceptado que la Cortijá Murciana sea el culo de España, y dentro del culo, Cartagena, Cartagueto, sea la parte final donde la mentira ha hecho su nido y razón de vivir, porque un puñadico controlan perfectamente todo el proceso de putrefacción de una ciudad que gente mayor, o vieja, como un servidor, la recuerda con empuje, mediterránea y luminosa.

No se puede concebir, sin tener un grado de docilidad terrible, que estemos presenciando tan tranquilos como se tragan los presupuesto municipales de miles y miles de millones de pesetas españolas, y que todo, absolutamente todo, se pierda y desaparezca de un año para el siguiente y no se vea mejora alguna en la calidad de vida de los ciudadanos. Salvo que a cara descubierta, entre sonrisas de suficiencia y un palabroteo donde abundan las eses castellanas, se hable de un futuro, cuando estamos pasando unos presentes de tres pares de cojones a peor.

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Puesto a poner un ejemplo, creo que cualquiera que resucitara después de estar cincuenta años muerto, se encontraría con la misma carretera que va a la Azohía; con las mismas esquinas meadas de cuando él la endiñó, y todo el patrimonio municipal destruido, mientras presupuesto tras presupuesto, por muchos años, solo han servido para tener una de las plantillas funcionariales municipales de las más densas, pero de las menos eficaces, porque hasta hoy mismo, los políticos, la inmensa mayoría de los que los están mandando desde el gobierno municipal, ni son capaces ni han recibido, por tanto, el voto ciudadano que los legalice.

El derecho divino que les asistía, y que pusieron en marcha aquellos reyes Borbones que nos endiñaron los franceses en connivencia con otros países europeos, se ha instaurado en una Cartagueto, en una Cortijá, donde una soberanía popular que no existe, que no dispone ni el gobierno regional ni el local, en un demencial amasijo político esperpéntico, que está contemplado, a veces y a menudo, parece que hasta con complacencia desde el gobierno central, permite que la descomposición económica de una ciudad, de una zona, que costó mucho sacrificio sacarla adelante, se haya quedado estancada en un Cartagueto en sus suelos contaminados, en su vuelta a la emigración, y en volver a hablarnos del turista un millón, y capulladas por el estilo.

Personalmente, porque conocí la Cartagena de pujanza y trabajo, me produce un profundo dolor político y social cuando escucho lo que llaman la nueva apuesta cartagenera por el turismo y la riqueza de los bares. Y un servidor, insisto y pregunto ¿Y mientras qué pijo hacemos con el coronavirus, y la inutilidad del amasijo municipal para no rendir cuentas públicas?

Eladio Palmis
Colaborador
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