Eladio Palmis
Juan Eladio Palmis
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Y no me estoy refiriendo a que se fuera a ver venir a un bicho microscópico que se ha cargado él solico, dejando sin valor guerrero portaaviones, centros de misiles, generales, almirantes y cabos; y un todo: un inconmensurable gasto extenuante de recursos en armamento para montarnos y esclavizar los unos a los otros, se los ha cargado el bicho, dejando en ridículo al sistema al completo.


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Pero no, no me refiero a eso; quiero referirme a que se veía venir que habíamos montado una sociedad japuta. Pero desconocíamos hasta donde de hijadeputa y crueldad la habíamos montado, aunque asomaba patitas por debajo de la puerta que causaban verdadero pavor, pero no a todos.

Ahora el coronavirus, nos ha puesto en superficie, a la vista, la cara de, probablemente, la sociedad más a lo suyo (y lo suyo es el egoísmo), que no le importa enterrar a sus mayores a capazos siempre que a ellos, gente joven (al parecer para siempre y laboriosa) el barril de cerveza no se lo contagie el bicho, y puedan vivir pensando que llevan mucha parte de razón los fascistas egoístas que dicen que los viejos son un estorbo en los pisos, y que los emigrantes nos quitan el trabajo.

No quiero entrar en recordatorios de lo que han sido y representado para la humanidad las personas mayores; porque algo así aburre; no viene al cuento tan estupendamente razonado de que: “Y nosotros qué coño vamos a hacer con el abuelo, si trabajamos los dos y tenemos que atender el trabajo lo primero…” Y demás frases hechas por el estilo.

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Creo, que de unos años para acá, es cuando más se ha acentuado el desprecio por el estorbo que los mayores representan en la unidad familiar. Y si uno pone en acción el recuerdo, puede, los que estamos ya en edad de irnos para el cubo de la basura, que nuestros mayores, y los mayores de nuestro entorno conocido, murieron con una dignidad muy diferente a como están muriendo a montones, en soledad, abandonados, los mayores actuales, que da la sensación que los jóvenes de ahora nunca van a ser mayores, y siempre van a tener como elemento primordial en su existencia el trabajo.

Estamos asistiendo a un tiempo diferente a todo lo conocido anteriormente. Este virus, provocado, fabricado por alguien que, probablemente, nunca se sabrá, va abanderado por la sociedad más hijaputa que ha pisado el planeta tierra, que, en su inmensa japutada, a lo mejor se le han quedado flecos libres de lo que creía tener atado y bien atado, y puede pillar, aunque sea de refilón, algún pellizco.

Sí, seguro. Tal y como se ha programado desde algún laboratorio subvencionado por alguna empresa madre o padre patria, se va a hacer una limpieza de viejos del planeta; pero caso de Cartagena y su ayuntamiento, la sociedad local superviviente del coronavirus que ya se ha preparado y aprobado “su presupuesto” para que todo siga igual, con la ventaja de no tener el estorbo de los viejos, ha fijado “sus gastos” y los ha determinado en la normalidad de que todo va a seguir igual en el capítulo de ingresos cuando “todo esto pase”.

Y claro, si esto pasa y deja su pasar unas secuelas diferentes, entonces el asunto se le puede complicar a los mucho que están pensando que, en el fondo, el coronavirus está haciéndole un bien a la sociedad actual que nunca por nunca va a ser vieja.

Sin ser mago, se puede barruntar casi perfectamente, que el futuro, en este momento, no se puede predecir, y aunque para nuestros amados políticos todo sigue y va a seguir igual, las nubes sociales, los interrogantes que todo el mundo se hace cara al futuro, demuestran que no está tan claro como para que las pitonisas de alto alcance del ayuntamiento de Cartagena hayan previsto los “ingresos” que van a tener para cuadrar los “gastos”. Porque a lo mejor el recurso de que si faltan perras se va a un banco a pedirlas y asunto arreglado, nadie sabe si en el futuro inmediato va a funcionar.

Es mucho lo que la sociedad superviviente al coronavirus tiene que cambiar la cosa, para que, entre trancas y barrancas, desde la Guerra Civil a esta parte, es tan solo de unos veinte años para acá cuando se puso de moda tirar al “cubo de la basura” a los abueletes una vez que se les han exprimido todas las mantecas.

Eladio Palmis
Colaborador
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