"Senderos en el cielo", Aniceto Valverde
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Esto era un hombre que pertrechado tan sólo con una breve mochila y bastón andariego anduvo por la montaña durante años hasta que fundido con la naturaleza dejó de oír hasta su propio pensamiento y su espíritu era un pájaro que sobrevolaba las cárcavas y los cañones horadados en la roca para luego venir a posársele encima de la cabeza al hombre durante el sueño. Después de ese largo tiempo bajó de nuevo a la civilización y ya no era el mismo puesto que aprendió a dejar volar su espíritu o éste quedó preso en las montañas para siempre.

 

Esto era un hombre que estuvo remando un día tras otro con la sola fuerza de sus brazos salpicándole continuamente las gotas del agua marina y azotada su cara por el viento hasta que tuvo el pensamiento únicamente focalizado en la línea inalcanzable del horizonte, donde se funden el mar y el cielo, de tal manera que como el anterior ninguna tragedia era capaz de alcanzarle puesto que su mente estaba permanentemente en lo infinito.

 

Esto era un hombre que se echó al mar a nadar y estuvo igualmente un largo tiempo sin descanso alguno hasta que se fundió con las aguas y su pensamiento era el pez más transparente y por tanto invisible de los que habitan el océano.

 

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Hubo otro que se pasó años sentado en una roca frente al mar hasta que en lógico paralelismo ya no fue nunca más nada más que el chapoteo continuo de la marea lamiendo las playas y los arrecifes.

 

Hay otros hombres que se pasan el día cargando y descargando los alimentos que luego se exhiben en el mercado y no están allí precisamente, sino que su espíritu se ha fundido con los limones, tomates, lechugas, boquerones, sardinas, mújoles, etc., que luego tú te llevas a casa para ofrecérselos como alimento a tu familia y en ello radica la plena satisfacción de esos hombres.

 

 

Conocí al astronauta Pedro Duque en uno de los actos de inauguración del curso académico en la UPCT. Era un tipo tímido, humilde y sereno que se dejó fotografiar y dio autógrafos sin rechistar a quien se lo pidió. Su espíritu no estaba allí, sino que vagaba por las estrellas del firmamento desde que una vez viera la Tierra desde allí.

 

Hay otros hombres del Aire, que surcan los cielos sin parar. Sirvan estas líneas para honrar la memoria de los fallecidos con honor de la Patrulla Águila, que trazan senderos en el cielo en son de paz. Y de tanto volar se dejan la piel y hasta la vida en ello, puesto que son como de mi familia. En concreto un saludo militar -si se me permite- de respeto y condolencias por el fatal desenlace del accidente del comandante Garvalena. Mis recuerdos de estas personas, de la Patrulla Águila se remontan a la más tierna infancia en el ahora maltrecho Mar Menor. Que el Cielo te acoja.

 

Aniceto Valverde

 

 

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