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Entre tanto: el Silencio. Hubo un principio: Al principio fue el Verbo. Después vino el mirador de la casa de la abuela, en el número 17 de la calle de la Serreta, una ventana mágica desde la cual mis primos y yo veíamos las procesiones (tú nunca participaste en ellas porque por aquel entonces vivías lejos de la Ciudad).

Uno de ellos, mi primo Joaquín y yo hablábamos por las noches cuando dormíamos en la casa de la abuela para ver el desfile, de “el Lute” y otros así. “Pero hubo un Buen ladrón a la derecha de Jesús”, le decía yo. Me daba mucha pena que se acabara la Semana Santa y con ella las vacaciones y la vuelta adonde vivíamos entonces mi familia y yo.

“Sí, pero también estaban Barrabás y el otro malo -rezongaba Joaquín- y esos había matado a mucha gente”. “Y van a venir a por ti esta noche como no te calles”. Le espetaba yo (que ahora se me puede calificar de agnóstico), para quitarme el miedo que entonces sufría.

Aquella noche habíamos visto la procesión del Silencio:

Se habían apagado todas las luces. Un viento susurrante y frío se apoderó del ambiente. Hizo que las nubes discurrieran sobre la luna llena. El sonido de los tambores se apoderó también de la noche retumbando en las calles estrechas. ¿No oyes las pisadas resbalar sobre el húmedo y frío suelo que deja el relente? Son como los azotes que le iban dando… El fervoroso resplandor de las túnicas oscuras; el lívido temblor al unísono de cientos o miles de lucecitas.

El golpe seco de los hachotes sobre los que aquéllas cabalgan en la noche tenebrosa de la muerte, signo del amor a los hombres (qué paradoja). Las luces apenas iluminan los rostros de los capirotes cubiertos por el capuz. Ese viento gélido y húmedo aplastaba esas máscaras devotas, haciendo tan sólo intuir bajo ellas rasgos humanos. El incesante tintineo de los cristales y ornato de los tronos, como leves, levísimas cadenas que arrastrasen…

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Me habían entrado ganas de orinar, pero me daba miedo cruzar aquel pasillo de una casa de alforjas, como diría el entrañable Isidoro Valverde. Eran como las seis de la mañana. Joaquín dormía soñando con el buen y el mal ladrón. Me decidí. Cabalgué sobre el claqueteo de las baldosas. Eran como el castañeo de mis dientes.

Por el mirador pasaba una procesión. Era la del Encuentro. Yo, en aquel entonces, no sabía que existiera. Volví sobre mis pasos volando. Me metí en la cama con Joaquín, tapándome hasta las orejas. Él ni se enteró hasta años después en que ya nos dejaron salir en la madrugada para verla. Y yo juraría que el abuelo, carabinero republicano reconvertido en guardia civil, se reía socarronamente de mí, como solía hacer en vida.

La ironía, en cierto sentido, es una tristeza que como no sabe llorar ríe y muchas veces de esa forma de humor que él tenía. Se reía de mí desde el retrato con su uniforme de gala, que colgaba de la pared también torcida de la casa de la abuela.

Aniceto Valverde
Colaborador
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